TEOLOGÍA REALISTA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO
Grabado medieval de Santo Tomás de Aquino

SANTO TOMÁS DE AQUINO CIENCIA REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

La doctrina sagrada es necesaria porque la razón humana, aunque verdadera y valiosa, no basta para alcanzar por sí sola el conocimiento pleno de Dios y del fin último del hombre. Esta ciencia procede de la revelación divina y posee mayor certeza que las demás, pues se funda en la verdad perfecta de Dios. Su objeto principal es Dios mismo, origen, causa y fin de toda verdad. Las criaturas son estudiadas únicamente en cuanto dependen de Él y conducen hacia Él.
La teología es la sabiduría suprema porque contempla las causas más altas y orienta al hombre hacia la felicidad eterna. La razón sirve para explicar y defender la fe, aunque no pueda abarcar totalmente el misterio divino. Así, la Escritura utiliza símbolos y múltiples sentidos porque el entendimiento humano asciende desde lo sensible hacia las verdades espirituales y eternas.


REDACCIÓN EXTENDIDA CIENCIA EN PRIMERA PERSONA.

La doctrina sagrada es una ciencia verdadera y necesaria para la salvación del ser humano. Aunque la razón natural posee gran dignidad y capacidad para conocer muchas verdades acerca del mundo, ella no basta por sí sola para alcanzar plenamente el conocimiento de Dios y del fin último al que está ordenada la existencia humana. El entendimiento humano puede descubrir ciertas verdades mediante la observación de la realidad creada y el uso correcto de la razón, pero existen misterios superiores que exceden las fuerzas naturales de la inteligencia. Por esta causa, Dios quiso revelarse y comunicar al hombre aquellas verdades necesarias para conducirlo hacia la felicidad eterna.


Esta doctrina posee mayor nobleza y certeza que todas las demás ciencias, porque sus principios no proceden de opiniones humanas cambiantes, sino de la misma sabiduría divina, que no puede equivocarse. Las ciencias humanas estudian aspectos particulares de la realidad: unas consideran el movimiento, otras los cuerpos, otras las sociedades o las cantidades. Sin embargo, la doctrina sagrada contempla la causa suprema de todo cuanto existe. Por ello, su dignidad es superior, ya que la nobleza de una ciencia depende principalmente de la nobleza de su objeto.


El objeto principal de esta ciencia es Dios. Aunque la doctrina sagrada trate también acerca de los ángeles, del hombre, de la creación, de la moral y de la historia, todas estas realidades son consideradas únicamente en cuanto proceden de Dios, dependen de Él o se ordenan hacia Él como fin último. Nada posee existencia independiente y absoluta fuera de Dios, pues toda criatura recibe de Él el ser y participa de su perfección. Por esta razón, toda verdad auténtica conduce finalmente hacia Dios como causa primera y fundamento supremo de la realidad.


La doctrina sagrada es sabiduría en el grado más alto, porque corresponde al sabio considerar las causas más universales y elevadas. Quien conoce solamente realidades particulares posee un conocimiento limitado, mientras que quien contempla la causa primera puede comprender el orden general de todas las cosas. La teología supera incluso a la metafísica, porque no sólo considera lo que la razón puede descubrir acerca de Dios, sino también aquello que Dios ha querido revelar acerca de sí mismo y que el hombre jamás podría conocer únicamente mediante sus fuerzas naturales.


La razón humana no es destruida por la fe. Al contrario, la fe perfecciona la inteligencia y la conduce hacia una verdad más alta. Por ello, la doctrina sagrada utiliza argumentos racionales para explicar, defender y ordenar las verdades reveladas. Sin embargo, yo afirmo que la razón posee límites y no puede comprender plenamente la esencia infinita de Dios. La inteligencia humana puede acercarse a los misterios divinos, pero nunca agotarlos completamente.


Asimismo, enseño que la Sagrada Escritura utiliza metáforas, imágenes y símbolos porque el conocimiento humano comienza por los sentidos. El hombre asciende desde las realidades visibles hacia las invisibles. Por esta causa, Dios adapta la revelación a la condición humana y emplea comparaciones sensibles para conducir gradualmente la inteligencia hacia verdades espirituales superiores. Estas imágenes no disminuyen la verdad divina, sino que permiten aproximarse a ella de modo proporcionado a la capacidad humana.


Finalmente, sostengo que la Escritura posee diversos sentidos. El sentido literal constituye el fundamento de toda interpretación verdadera, pero además existen sentidos espirituales mediante los cuales los acontecimientos históricos pueden significar realidades futuras, morales y eternas. Esto es posible porque Dios no sólo gobierna las palabras, sino también la historia misma. Así, toda la realidad creada manifiesta un orden providencial que conduce hacia Dios, principio, verdad y fin último de todo cuanto existe.

Ciencia_staq

Necesidad de la revelación divina.

Para la salvación humana fue necesario que, además de las materias filosóficas, cuyo campo analiza la razón humana, hubiera alguna ciencia cuyo criterio fuera la revelación divina. Y esto es así porque Dios, como fin al que se dirige el hombre, excede la comprensión a la que puede llegar sólo la razón. Dice Is 64,4: ¡Dios! Nadie ha visto lo que tienes preparado para los que te aman. Sólo Tú. El fin tiene que ser conocido por el hombre para que hacia El pueda dirigir su pensar y su obrar. Por eso fue necesario que el hombre, para su salvación, conociera por revelación divina lo que no podía alcanzar por su exclusiva razón humana.

Más aún. Lo que de Dios puede comprender la sola razón humana, también precisa la revelación divina, ya que, con sola la razón humana, la verdad de Dios sería conocida por pocos, después de muchos análisis y con resultados plagados de errores. Y, sin embargo, del exacto conocimiento de la verdad de Dios depende la total salvación del hombre, pues en Dios está la salvación. Así, pues, para que la salvación llegara a los hombres de forma más fácil y segura, fue necesario que los hombres fueran instruidos, acerca de lo divino, por revelación divina. Por todo ello se deduce la necesidad de que, además de las materias filosóficas, resultado de la razón, hubiera una doctrina sagrada, resultado de la revelación.

La doctrina sagrada como ciencia.

La doctrina sagrada es ciencia. Hay dos tipos de ciencias. 1) Unas, como la aritmética, la geometría y similares, que deducen sus conclusiones a partir de principios evidentes por la luz del entendimiento natural. 2) Otras, por su parte, deducen sus conclusiones a partir de principios evidentes, por la luz cíe una ciencia superior. Así, la perspectiva, que parte de los principios que le proporciona la geometría; o la música, que parte de los que le proporciona la aritmética. En este último sentido se dice que la doctrina sagrada es ciencia, puesto que saca sus conclusiones a partir de los principios evidentes por la luz de una ciencia superior, esto es, la ciencia de Dios y de los Santos. Así, pues, de la misma forma que la música acepta los principios que le proporciona el matemático, la doctrina sagrada acepta los principios que por revelación le proporciona Dios.

Unidad de la doctrina sagrada.

La doctrina sagrada es una única ciencia. La unidad de la facultad o del hábito la da el objeto, pero no bajo el aspecto material, sino formal. Por ejemplo, el hombre, el asno y la piedra pueden ser considerados bajo el aspecto formal del color, que es el objeto de la vista. Si tenemos presente que la Sagrada Escritura considera algunas cosas en cuanto reveladas por Dios, todo lo que puede ser revelado por Dios cae bajo el aspecto formal del objeto de tal ciencia. Es así como queda comprendido dentro de la doctrina sagrada como una única ciencia.

Carácter especulativo y práctico.

La doctrina sagrada, siendo una abarca todo lo que concierne a las ciencias filosóficas. De ahí que, aun cuando las ciencias filosóficas unas sean especulativas y otras prácticas, sin embargo, la doctrina sagrada las abarca todas con la misma ciencia. Por otra parte, estamos ante una ciencia más especulativa que práctica porque trata principalmente más de lo divino que de lo humano; cuando trata de lo humano lo hace en cuanto que el hombre, por su obrar, se encamina al perfecto conocimiento de Dios, puesto que en ese conocer consiste la felicidad eterna.

Superioridad frente a otras ciencias.

Como quiera que esta ciencia con respecto a algo es especulativa, y con respecto a algo es práctica, está por encima de todas las demás ciencias tanto especulativas como prácticas. De entre las ciencias especulativas se dice que una es superior a otra según la certeza que contiene, o según la dignidad de la materia que trata. En ambos aspectos, la doctrina sagrada está por encima de las otras ciencias especulativas.
Con respecto a la certeza de las ciencias especulativas, fundada en la razón natural, que puede equivocarse, contrapone la certeza que se funda en la luz de la ciencia divina, que no puede fallar. Con respecto a la dignidad de la materia, porque la doctrina sagrada trata principalmente de algo que por su sublimidad sobrepasa la razón humana. Las otras ciencias sólo consideran lo que está sometido a la razón. De entre las ciencias prácticas es más digna la que se orienta a un fin más alto, como lo civil a lo militar, puesto que el bien del ejército tiene por fin el bien del pueblo. El fin de la doctrina sagrada como ciencia práctica es la felicidad eterna que es el fin al que se orientan todos los objetivos de las ciencias prácticas. Queda patente, bajo cualquier aspecto, que la doctrina sagrada es superior a las otras ciencias.

La doctrina sagrada como máxima sabiduría.

Esta doctrina es, entre todas las sabidurías humanas, sabiduría en grado sumo, y no sólo en un sentido especial, sino único y total. Le corresponde al sabio dirigir y juzgar; y su juicio lo hace teniendo como punto de referencia la causa más alta de todo lo inferior. Así, en todo tipo de cosas, se llama sabio a aquel que tiene presente la causa más alta de cada cosa concreta. Por ejemplo, el trabajador que prepara los planos de un edificio es llamado sabio y arquitecto respecto a los trabajadores que labran la madera o pulen la piedra. En este sentido dice 1 Cor 3,10: Como sabio arquitecto puso los cimientos. Y en la vida humana, el sabio es llamado prudente por orientar el obrar humano a su debido fin. De ahí que diga Prov 10,23: La sabiduría en el hombre es la prudencia. Así, pues, aquel que tenga como punto de referencia la causa suprema de todo el universo, que es Dios, será llamado sabio en grado sumo; de ahí que la sabiduría sea definida como conocimiento de lo divino, según refiere Agustín en XII De Trin. p11 Lo más genuino de la doctrina sagrada es referirse a Dios como causa suprema, y no sólo por lo que de El se puede conocer a través de lo creado (y que en este sentido ya lo conocieron los filósofos, tal como dice Rom 1,19: Lo que puede conocerse de Dios lo tienen a la vista); sino también por lo que sólo El puede saber de sí mismo y que comunica a los demás por revelación. De donde se deduce que la doctrina sagrada es sabiduría en grado sumo.

Dios como sujeto central.

Dios es el sujeto de esta ciencia. La relación que hay entre una ciencia y su sujeto es la misma que hay entre una facultad o hábito y su objeto. El objeto propio de una facultad o hábito lo constituye el aspecto bajo el cual lo considera todo tal facultad o hábito. Así, el hombre y la piedra son considerados por la vista bajo el aspecto del color, de ahí que el color sea el objeto propio de la vista. Todo lo que trata la doctrina sagrada lo hace teniendo como punto de mira a Dios. Bien porque se trata de Dios mismo, bien porque se trata de algo referido a El como principio y como fin. De donde se sigue que Dios es verdaderamente el sujeto de esta ciencia. Esto mismo queda patente por los principios de esta ciencia, que son los artículos de fe, y que proviene de Dios. El sujeto de los principios es el mismo que de toda la ciencia, pues toda la ciencia virtualmente está contenida en los principios. Es verdad que ha habido quienes, considerando lo que se trata en esta ciencia y no el aspecto bajo el que se trata, le han asignado a la doctrina sagrada otro sujeto. Por ejemplo, los hechos y los signos, o la obra de la reparación, o el Cristo total, esto es, la cabeza y los miembros. Cierto que en esta ciencia se trata de todo esto, pero siempre en cuanto referido a Dios.

Método argumentativo y defensa de la fe.

Así como las otras ciencias no argumentan para probar sus principios, sino que, partiendo de tales principios, argumentan para demostrar otras cosas que hay en ellas, de la misma forma la doctrina sagrada no argumenta para probar sus principios, los artículos de fe, sino que, a partir de ellos, argumenta para probar otra cosa. Por ejemplo, el Apóstol en 1 Cor 15,12ss, partiendo de la resurrección de Cristo, argumenta para probar la resurrección de la humanidad. Sin embargo, hay que tener presente que, dentro de las ciencias filosóficas, las inferiores ni prueban sus principios ni discuten contra quien los niega, sino que dejan que esto lo hagan las superiores. La metafísica, que es la suprema de las ciencias filosóficas, discute contra quien niega sus principios siempre que éste esté de acuerdo en algo; pues si el interlocutor lo niega todo, a la metafísica no le es posible discutir con él, aunque sí puede resolver sus problemas.

Como quiera que la Sagrada Escritura no tiene por encima como superior otra ciencia, discute con quien niega sus principios. Si éste está de acuerdo en algo de los principios que se tienen por revelación, entonces argumenta. Así, con la autoridad de la Sagrada Escritura discutimos contra los herejes; y con un artículo de fe lo hacemos contra quien niega otro. Si, por otra parte, el interlocutor lo niega todo, ya no hay posibilidad de hacerle ver con razones los artículos de fe, aunque sí se pueden resolver los problemas que plantee contra la fe, si es que lo hace. Pues la fe se fundamenta en la verdad infalible, y lo que es contrario a la verdad no es demostrable; de donde se sigue que los razonamientos que se presentan contra la fe no son demostraciones inapelables, sino argumentos rebatibles.

Uso de imágenes y símbolos materiales.

Es conveniente que la Sagrada Escritura transmita lo divino y espiritual a través de imágenes tomadas de lo material. Pues Dios acude a todos a través del modo que les es propio. Es propio de lo humano que llegue a lo inteligible por lo sensible, puesto que nuestro conocer empieza por los sentidos. De ahí que fuera conveniente que lo espiritual se nos transmitiera en la Sagrada Escritura a través de lo material. Esto es lo que nos dice Dionisio en el c.1 de Ierarch. Cel.19: Es imposible que la luz divina nos ilumine si no nos llega atenuada por variados velos sagrados. También convenía que la Sagrada Escritura, dirigida a todos según aquello de la carta a los Rom 1,14: Me debo a los sabios y a los ignorantes, presentase lo espiritual bajo imágenes tomadas de lo material, a fin de poder ser captado por los más simples, los cuales, por sus propias fuerzas, son incapaces de entender lo que es posible ser comprendido.

Sentidos literal y espiritual de la Escritura.

El autor de la Sagrada Escritura es Dios. Y Dios puede no sólo adecuar la palabra a su significado, cosa que, por lo demás, puede hacer el hombre, sino también adecuar el mismo contenido. Así, de la misma forma que en todas las ciencias los términos expresan algo, lo propio de la ciencia sagrada es que el contenido de lo expresado por los términos a su vez significa algo. Así, pues, el primer significado de un término corresponde al primer sentido citado, el histórico o literal. Y el contenido de lo expresado por un término, a su vez, significa algo. Este último significado corresponde al sentido espiritual, que supone el literal y en él se fundamenta.
Este sentido espiritual se divide en tres. Como dice el Apóstol en la carta a los Hebr 7,19, la Antigua Ley es figura de la Nueva; y esta misma Nueva Ley es figura de la futura gloria, como dice Dionisio en Ecclesiastica Hierarchia 23. También en la Nueva Ley todo lo que ha tenido lugar en la cabeza es signo de lo que nosotros debemos hacer. Así, pues, lo que en la Antigua Ley figura la Nueva, corresponde al sentido alegórico; lo que ha tenido lugar en Cristo o que va referido a Cristo, y que es signo de lo que nosotros debemos hacer, corresponde al sentido moral; lo que es figura de la eterna gloria, corresponde al sentido anagógico. El sentido que se propone el autor es el literal. Como quiera que el autor de la Sagrada Escritura es Dios, el cual tiene exacto conocimiento de todo al mismo tiempo, no hay inconveniente en que el sentido literal de un texto de la Escritura tenga varios sentidos, como dice Agustín en el XII Confess.

SANTO TOMÁS DE AQUINO EXISTENCIA REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

La existencia de Dios es evidente en sí misma, porque en Dios el ser y la esencia son idénticos. Sin embargo, para nosotros no es evidente, ya que no conocemos directamente qué es Dios. Por ello, necesitamos llegar a su existencia mediante aquello que sí conocemos: sus efectos visibles en el mundo. Así ocurre con Dios.

La demostración puede realizarse de dos maneras: por la causa o por el efecto. La demostración por la causa parte de aquello que es anterior por naturaleza; la demostración por el efecto parte de lo que primero conozco mediante la experiencia sensible. Como los efectos son más evidentes para mí que la causa divina, puedo llegar racionalmente al conocimiento de Dios a partir de los efectos observables del mundo. Por tanto, aunque la existencia de Dios no sea inmediatamente evidente para el entendimiento humano, sí puede ser demostrada racionalmente mediante sus efectos.

Yo afirmo que la existencia de Dios puede demostrarse por cinco vías racionales.

La primera vía parte del movimiento. Observo que todo lo que se mueve es movido por otro, porque nada pasa de potencia a acto por sí mismo. No es posible proceder indefinidamente en una cadena de motores, pues entonces no existiría un primer motor y, en consecuencia, tampoco existiría movimiento alguno. Por ello concluyo que debe existir un primer motor inmóvil, al que llamo Dios.

La segunda vía parte de las causas eficientes. En el mundo sensible descubro un orden de causas donde ninguna cosa puede ser causa eficiente de sí misma. Tampoco es posible una serie infinita de causas eficientes, porque sin una causa primera no existirían causas intermedias ni efectos finales.

Por ello afirmo la existencia de una causa eficiente primera, a la que llamo Dios.

La tercera vía parte de lo posible y lo necesario. Compruebo que muchas cosas pueden existir o dejar de existir, pues son contingentes. Pero si todo fuese contingente, habría existido un momento en que nada existía. Y si alguna vez no hubiese existido nada, nada existiría ahora, porque lo inexistente no puede comenzar a existir sin algo ya existente. Por ello concluyo que debe existir un ser necesario que cause la existencia de los demás. Ese ser necesario es Dios.

La cuarta vía parte de los grados de perfección. Observo que en las cosas existen distintos grados de bondad, verdad y nobleza. Estos grados implican una referencia máxima dentro de cada género, porque lo más y lo menos se entienden por aproximación a un máximo. Por ello afirmo que existe un ser sumamente verdadero, bueno y perfecto, causa de toda perfección en los demás seres. A este ser lo llamo Dios.

La quinta vía parte del orden del universo. Veo que las cosas naturales, aun careciendo de conocimiento, actúan regularmente para alcanzar fines determinados. Esto demuestra que no obran al azar, sino dirigidas hacia un fin. Como aquello que carece de inteligencia no puede dirigirse a sí mismo hacia un fin, concluyo que existe una inteligencia ordenadora que dirige todas las cosas naturales. A esta inteligencia suprema la llamo Dios.

Existencia_staq

¿LA EXISTENCIA DE DIOS ES EVIDENTE?.

La evidencia de algo puede ser de dos modos. Uno, en sí misma y no para nosotros; otro, en sí misma y para nosotros. Así, una proposición es evidente por sí misma cuando el predicado está incluido en el concepto del sujeto, como el hombre es animal, ya que el predicado animal está incluido en el concepto de hombre. De este modo, si todos conocieran en qué consiste el predicado y en qué el sujeto, la proposición sería evidente para todos. Esto es lo que sucede con los primeros principios de la demostración, pues sus términos como ser-no ser, todo-parte, y otros parecidos, son tan comunes que nadie los ignora.

Por el contrario, si algunos no conocen en qué consiste el predicado y en qué el sujeto, la proposición será evidente en sí misma, pero no lo será para los que desconocen en qué consiste el predicado y en qué el sujeto de la proposición. Así ocurre, como dice Boecio 5, que hay conceptos del espíritu comunes para todos y evidentes por sí mismos que sólo comprenden los sabios, por ejemplo, lo incorpóreo no ocupa lugar. Por consiguiente, digo: La proposición Dios existe, en cuanto tal, es evidente por sí misma, ya que en Dios sujeto y predicado son lo mismo, pues Dios es su mismo ser, como veremos (q.3 a.4). Pero, puesto que no sabemos en qué consiste Dios, para nosotros no es evidente b, sino que necesitamos demostrarlo a través de aquello que es más evidente para nosotros y menos por su naturaleza, esto es, por los efectos.

¿SE PUEDE DEMOSTRAR LA EXISTENCIA DE DIOS?.

Toda demostración es doble. Una, por la causa, que es absolutamente previa a cualquier cosa. Se la llama: a causa de. Otra, por el efecto, que es lo primero con lo que nos encontramos; pues el efecto se nos presenta como más evidente que la causa, y por el efecto llegamos a conocer la causa. Se la llama: porque. Por cualquier efecto puede ser demostrada su causa (siempre que los efectos de la causa se nos presenten como más evidentes): porque, como quiera que los efectos dependen de la causa, dado el efecto, necesariamente antes se ha dado la causa. De donde se deduce que la existencia de Dios, aun cuando en si misma no se nos presenta como evidente, en cambio sí es demostrable por los efectos con que nos encontramos.

LAS CINCO VÍAS.

La existencia de Dios puede ser probada de cinco mañeras distintas.

1) La primera y más clara es la que se deduce del movimiento. Pues es cierto, y lo perciben los sentidos, que en este mundo hay movimiento. Y todo lo que se mueve es movido por otro. De hecho nada se mueve a no ser que en, cuanto potencia, esté orientado a aquello por lo que se mueve. Por su parte, quien mueve está en acto. Pues mover no es más que pasar de la potencia al acto. La potencia no puede pasar a acto más que por quien está en acto. Ejemplo: El fuego, en acto caliente, hace que la madera, en potencia caliente, pase a caliente en acto. De este modo la mueve y cambia. Pero no es posible que una cosa sea lo mismo simultáneamente en potencia y en acto; sólo lo puede ser respecto a algo distinto. Ejemplo: Lo que es caliente en acto, no puede ser al mismo tiempo caliente en potencia, pero sí puede ser en potencia frío.

Igualmente, es imposible que algo mueva y sea movido al mismo tiempo, o que se mue-va a sí mismo. Todo lo que se mueve necesita ser movido por otro. Pero si lo que es movido por otro se mueve, necesita ser movido por otro, y éste por otro. Este proceder no se puede llevar indefinidamente, porque no se llegaría al primero que mueve, y así no habría motor alguno pues los motores intermedios no mueven más que por ser movidos por el primer motor. Ejemplo: Un bastón no mueve nada si no es movido por la mano. Por lo tanto, es necesario llegar a aquel primer motor al que nadie mueve. En éste, todos reconocen a Dios.

2) La segunda es la que se deduce de la causa eficiente. Pues nos encontramos que en el mundo sensible hay un orden de causas eficientes. Sin embargo, no encontramos, ni es posible, que algo sea causa eficiente de sí mismo, pues sería anterior a sí mismo, cosa imposible. En las causas eficientes no es posible proceder indefinidamente porque en todas las causas eficientes hay orden: la primera es causa de la intermedia; y ésta, sea una o múltiple, lo es de la última. Puesto que, si se quita la causa, desaparece el efecto, si en el orden de las causas eficientes no existiera la primera, no se daría tampoco ni la última ni la intermedia. Si en las causas eficientes llevásemos hasta el infinito este proceder, no existiría la primera causa eficiente; en consecuencia no habría efecto último ni causa intermedia; y esto es absolutamente falso. Por lo tanto, es necesario admitir una causa eficiente primera. Todos la llaman Dios.

3) La tercera es la que se deduce a partir de lo posible y de lo necesario. Y dice: Encontramos que las cosas pueden existir o no existir, pues pueden ser producidas o destruidas, y consecuentemente es posible que existan o que no existan. Es imposible que las cosas sometidas a tal posibilidad existan siempre, pues lo que lleva en sí mismo la posibilidad de no existir, en un tiempo no existió. Si, pues, todas las cosas llevan en sí mismas la posibilidad de no existir, hubo un tiempo en que nada existió. Pero si esto es verdad, tampoco ahora existiría nada, puesto que lo que no existe no empieza a existir más que por algo que ya existe.

Si, pues, nada existía, es imposible que algo empezara a existir; en consecuencia, nada existiría; y esto es absolutamente falso. Luego no todos los seres son sólo posibilidad; sino que es preciso algún ser necesario. Todo ser necesario encuentra su necesidad en otro, o no la tiene. Por otra parte, no es posible que en los seres necesarios se busque la causa de su necesidad llevando este proceder indefinidamente, como quedó probado al tratar las causas eficientes. Por lo tanto, es preciso admitir algo que sea absolutamente necesario, cuya causa de su necesidad no esté en otro, sino que él sea causa de la necesidad de los demás. Todos le dicen Dios.

4) La cuarta se deduce de la jerarquía de valores que encontramos en las cosas. Pues nos encontramos que la bondad, la veracidad, la nobleza y otros valores se dan en las cosas. En unas más y en otras menos. Pero este más y este menos se dice de las cosas en cuanto que se aproximan más o menos a lo máximo. Así, caliente se dice de aquello que se aproxima más al máximo calor. Hay algo, por tanto, que es muy veraz, muy bueno, muy noble; y, en consecuencia, es el máximo ser; pues las cosas que son sumamente verdaderas, son seres máximos, como se dice en II Metaphys. Como quiera que en cualquier género, lo máximo se convierte en causa de lo que pertenece a tal género — así el fuego, que es el máximo calor, es causa de todos los calores, como se explica en el mismo libro 8 —, del mismo modo hay algo que en todos los seres es causa de su existir, de su bondad, de cualquier otra perfección. Le llamamos Dios.

5) La quinta se deduce a partir del ordenamiento de las cosas. Pues vemos que hay cosas que no tienen conocimiento, como son los cuerpos naturales, y que obran por un fin. Esto se puede comprobar observando cómo siempre o a menudo obran igual para conseguir lo mejor. De donde se deduce que, para alcanzar su objetivo, no obran al azar, sino intencionadamente. Las cosas que no tienen conocimiento no tienden al fin sin ser dirigidas por alguien con conocimiento e inteligencia, como la flecha por el arquero. Por lo tanto, hay alguien inteligente por el que todas las cosas son dirigidas al fin. Le llamamos Dios.

SANTO TOMÁS DE AQUINO SIMPLICIDAD REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

Dios no es un cuerpo ni una realidad material, porque es el origen primero de todo cuanto existe y no depende de nada para ser. En Él no hay potencia, cambio, partes ni composición alguna, pues es acto puro y perfección absoluta. Dios no posee una esencia distinta de sí mismo, sino que Él es su propia divinidad, su propia vida y su propio ser.

En Dios la esencia y la existencia son una misma realidad, de modo que no recibe el existir de otro, sino que es el mismo existir subsistente. Por ello no pertenece a ningún género ni categoría creada, ni posee accidentes o cualidades añadidas.

Dios no es el alma del mundo, ni su forma, ni su materia, sino la causa primera eficiente, trascendente y absoluta de todo lo que existe.

Simplicidad_staq

Dios, ¿es o no es cuerpo?.

En absoluto Dios es cuerpo.

Y esto puede demostrarse de tres modos:
1) Porque ningún cuerpo mueve a otro si, a su vez, no es movido, como se puede comprobar examinando cada caso. Ha quedado demostrado (q.2 a.3) que Dios es el primer motor no movido. De donde se concluye que Dios no es cuerpo.

2) Es necesario que el primero exista en acto y no en potencia. Pues, aun cuando en un mismo ser que pasa de la potencia al acto, la potencia es cronológicamente anterior al acto, bajo ningún concepto el acto es anterior a la potencia; puesto que lo que está en potencia no pasa al acto sino por un ser en acto. Ha quedado demostrado (q.2 a.3) que Dios es el primer ser. Por lo tanto, es imposible que en Dios algo esté en potencia. No obstante, todo cuerpo está en potencia por cuanto todo lo que es continuo en cuanto tal es divisible indefinidamente. Luego es imposible que Dios sea cuerpo.

3) Como ha quedado demostrado, Dios es el más noble entre todos los seres. Es imposible que algún cuerpo sea el más noble entre todos los seres. Puesto que el cuerpo o es vivo o no lo es, evidentemente un cuerpo vivo es más noble que un cuerpo no vivo. No obstante, un cuerpo vivo no vive en cuanto cuerpo, porque, de ser así, todo cuerpo sería viviente. Es necesario que viva por otro, como, por ejemplo, nuestro cuerpo vive por nuestra alma.

Aquello por lo que vive un cuerpo es más digno que el cuerpo. Por lo tanto, es imposible que Dios sea cuerpo.

En Dios, ¿hay o no hay composición de forma y de materia?.

Es imposible que Dios sea materia.

1) Primero, porque la materia es lo que está en potencia. Pero se ha demostrado (a.l) que Dios es puro acto sin ningún tipo de potencialidad. De ahí que sea imposible que Dios sea un compuesto de materia y forma.

2) Segundo, porque todo compuesto de materia y forma es perfecto y bueno por su forma; de ahí que sea bueno por participación, por cuanto la materia participa de la forma. Pero lo que es bueno y óptimo, Dios, no es bueno por participación, puesto que lo bueno por esencia es anterior a lo bueno por participación. De ahí que sea imposible que Dios sea un compuesto de materia y forma.

3) Tercero, porque todo el que actúa, lo hace por su forma. La relación de un ser con su obrar está determinada por su relación con la forma. Pero el ser que es el primero y que obra por su propia naturaleza, también será el primero como forma y por su propia naturaleza.

Como quiera que Dios es el primer agente, por cuanto es la primera causa eficiente, tal como se demostró, se concluye que es también por esencia su forma y no un compuesto de materia y forma.

Dios, ¿es o no es lo mismo que su esencia o naturaleza?.

Dios es lo mismo que su esencia o naturaleza. Para entender esto hay que saber que en las cosas compuestas de materia y forma es necesario que se distingan la esencia o naturaleza y el supuesto. Porque la esencia o naturaleza comprehende todo lo que entra en la definición de la especie. Así, humanidad comprehende en sí misma lo que entra en la definición de hombre.

Pues, decir este hombre es hombre, significa decir humanidad, esto es, aquello por lo que el hombre es hombre. Pero la materia individual, con todos los accidentes propios de su individuación, no entra en la definición de la especie; pues en la definición de hombre no entran esta carne o estos huesos, o esta blancura o esta negritud, etc. De donde se sigue que esa carne y esos huesos y otros accidentes que determinan una materia, no entran en la definición de humanidad.

Y, sin embargo, sí entran en lo que es el hombre; de ahí que lo que es el hombre incluye algo que no incluye la humanidad. Por eso no es totalmente idéntico hombre y humanidad, sino que por humanidad hay que entender lo formal del hombre, pues los principios que la definen son el aspecto formal con relación a la materia que individualiza.

Así, pues, en aquellas cosas que no están compuestas de materia y forma, en las cuales la individuación no se da por la materia propia, esto es, por esta materia determinada, sino que se individualizan por su misma forma, es necesario que la misma forma sea su principio subsistente. De ahí que en ellas no haya diferencia entre supuesto y naturaleza.

De este modo, como Dios no es compuesto de materia y forma, como quedó demostrado, es necesario que Dios sea su deidad, su vida y cualquier otra cosa que en este sentido se diga de Dios.

En Dios, ¿es o no es lo mismo su esencia y existencia?.

Dios no es sólo su .esencia, como quedó demostrado (a.3), sino también su existencia. Lo cual se puede demostrar de muchas maneras.

1) Porque todo lo que se da en un ser y no pertenece a su esencia, tiene que ser causado, bien por los principios de su esencia, como ocurre con los accidentes de la especie. Ejemplo: El poder reír es propio del hombre y brota de los principios de su esencia. O bien por algo externo. Ejemplo: El calor del agua está causado por el fuego. Si, pues, en un ser su existencia es distinta a su esencia, es necesario que la existencia de dicho ser esté causada por algo externo a él o por los principios propios de su esencia.

No obstante, es imposible que los propios principios de la esencia de un ser causen su existencia, porque todo ser creado no es causa de su propio existir; por eso, siendo distintas en él esencia y existencia, la existencia tiene que ser causada por otro. Nada de todo esto se puede aplicar a Dios, pues sostenemos que Dios es la primera causa eficiente. Por lo tanto, es imposible que en Dios una cosa sea su existencia y otra su esencia.

2) Existir es la forma o naturaleza en acto. De hecho, la bondad o la humanidad no estarían en acto si no tuvieran lo que nosotros entendemos por existir. Es necesario, pues, que entre la existencia y esencia en un ser veamos la misma relación que hay entre la potencia y el acto. Como quiera que en Dios nada es potencial, como quedó demostrado (a.1), se deduce que en El no hay distinción entre su esencia y su existencia. Así, pues, su esencia es su existencia.

3) Así como lo que tiene fuego y no es fuego es fuego por participación, de la misma forma lo que tiene existencia y no es existencia, es ser por participación. Por su parte, Dios es su esencia, como quedó demostrado (a.3). Si, en cambio, no fuera su propia existencia, sería ser por participación, no por esencia. Tampoco sería el primer ser; y sostener esto es absurdo. Por lo tanto, Dios es su propio existir y no sólo su esencial.

Dios, ¿es o no es lo mismo que su esencia o naturaleza?.

Se pertenece a un género de dos maneras.

1) Una, propia y directamente, como las especies de un género.

2) Otra, por reducción, como los principios y las privaciones. Por ejemplo, el punto y la cantidad se reducen al género de la cantidad como a su principio; o la ceguera, y toda privación también, que se reduce al género del hábito.

De ninguna de estas dos maneras pertenece Dios a un género.

Hay tres razones que demuestran que Dios no puede ser especie de género alguno.

1) La primera, porque la especie consta de género y diferencia. La relación que hay entre aquello de lo que se toma la diferencia que constituye la especie y aquello de lo que se toma el género es siempre la misma a la que se da entre el acto y la potencia. Así, al llamar al hombre animal racional, animal se toma, por concreción, de la naturaleza sensitiva, puesto que por tener naturaleza sensitiva se le llama a algo animal. Nacional se toma de la naturaleza intelectiva, puesto que por tener razón se le llama a algo racional. Lo intelectivo se compara a lo sensitivo como el acto a la potencia. Algo parecido sucede claramente con otras cosas. Como quiera que en Dios no hay potencia que añadir al acto, es imposible que pertenezca tanto a un género como a una especie.

2) La segunda, porque siendo Dios su propia esencia, como quedó demostrado (a.4), si perteneciera a algún género, necesariamente el género sería ser, ya que género significa esencia de una cosa, pues está en aquello por lo que algo es lo que es. El Filósofo en III Metaphys.7 demuestra que el ser no puede tener género alguno, pues todo género tiene diferencias que no pertenecen a su esencia, ya que no puede haber diferencia que no sea ser, porque el no ser no puede ser diferencia. Se deduce de ahí que Dios no pertenece a ningún género.

3) La tercera, porque todas las cosas que pertenecen a un género, tienen en común la esencia de dicho género, que es lo que se dice de aquello por lo que algo es lo que es. En cambio, se diferencian en el ser, pues no es lo mismo el ser del hombre que el ser del caballo, ni el ser de este hombre, ni el ser de aquel hombre. Así, es necesario que en las cosas de un mismo género se distinga el ser de aquello por lo que es lo que es, es decir, la esencia.

Como quedó demostrado (a.4), en Dios no hay diferencia. De donde se sigue claramente que Dios no pertenece a ningún género ni a especie alguna. Con todo esto queda patente que no tiene género ni diferencia; tampoco definición ni demostración a no ser por los efectos, porque la definición contiene género y diferencia; y la definición es la base de la demostración.

Que Dios como principio no pertenece a género alguno por reducción, queda claro por el hecho de que todo principio que se reduce a un género no va más allá de dicho género; como el punto no es más que principio de la cantidad continua, y la unidad lo es de la alterna. Dios es principio de todo ser como se demostrará (q.44 a.1). De ahí que no pertenezca a ningún género como principio.

En Dios, ¿hay o no hay algo accidental?.

Después de lo establecido, queda claro que en Dios no puede haber algo accidental.

1) Primero, porque la relación entre sujeto y accidente es la misma que hay entre potencia y acto; pues el sujeto en cuanto accidente de algún modo está en acto. No obstante, estar en potencia es absolutamente inaplicable a Dios, como queda claro por todo lo dicho (q.3 a.1).

2) Segundo, porque Dios es su propio ser; y, como dice Boecio en De hebdomad.10: aun cuando lo que es admite tener algo añadido, sin embargo, el mismo ser no lo admite; Como, por ejemplo, lo que es caliente puede tener como añadido algo no caliente, como lo blanco; pero el calor en sí mismo no admite más que el calor.

3) Tercero, porque todo lo que es por naturaleza es anterior a lo que es por accidente. Como quiera que Dios es absolutamente el primer ser (q.2 a.3), en El no puede haber nada por accidente. Ni siquiera los accidentes per se pueden darse en El, como el reír es en el hombre accidente per se. Porque este tipo de accidentes son causados por el sujeto, pero en Dios nada puede ser causado, ya que El es la causa primera.

De donde se concluye que en Dios no hay nada accidental.

Dios, ¿es o no es absolutamente simple?.

Dios es absolutamente simple, lo cual puede demostrarse de muchas maneras.

1) La primera, por todo lo dicho anteriormente (q.3). Como quiera que en Dios no hay composición ni partes de cantidad porque no es cuerpo; ni hay composición de forma y de materia, ni de naturaleza y supuesto, ni de género y diferencia, ni de sujeto y accidente, queda claro que Dios no es compuesto de ningún tipo, sino completamente simple.

2) La segunda, porque todo compuesto es posterior a sus componentes y dependiente de ellos. En cambio, Dios es el primer ser, como quedó demostrado.

3) La tercera, porque todo compuesto tiene causa, pues donde hay diversidad no se puede formar un todo si no es por una causa que lo unifica. En cambio, Dios no tiene causa, ya que es la primera causa eficiente, como quedó demostrado.

4) La cuarta, porque en todo compuesto es necesario que haya potencia y acto, que en Dios no existe; porque una parte es acto con respecto a otra, o, al menos, todas las partes están como en potencia respecto del todo.

5) La quinta, porque todo compuesto es algo que no puede aplicarse a cada una de sus partes. Esto resulta evidente en todos los seres de partes distintas; pues ninguna parte del hombre es hombre, o una parte del pie es pie. En cambio, en todos los seres de partes semejantes, puede decirse del todo lo que se dice de la parte, como es aire la parte del aire, o es agua la parte del agua.

Sin embargo puede decirse algo del todo que no es aplicable a una de las partes. Pues si el todo de agua mide metro y medio 12, lo dicho del todo no es aplicable a su parte. Así, pues, en todo compuesto hay algo que no es el mismo. Aunque esto puede decirse de lo que tiene forma, es decir, que tenga algo que no es el mismo (así en lo blanco hay algo que no pertenece a lo que se dice blanco), sin embargo, en la forma nada le es extraño. Como quiera que Dios es la misma forma, o mejor, el mismo ser, no puede ser compuesto en absoluto. Esto mismo lo expresa Hilario en el VII De Trinit.13 al decir:

Dios, que es la fuerza, no contiene lo débil; El, que es la luz, no admite la tiniebla.

Dios, ¿entra o no entra en la composición de los demás seres?.

Sobre lo que estamos tratando ha habido tres errores.

1) Unos propusieron que Dios fuese el alma del mundo como nos cuenta Agustín en el l.VII De Civitate Dei 18. A estos pertenecen también los que sostenían que Dios era el alma del primer cielo.

2) Otros, por su parte, dijeron que Dios era el principio formal de todo. Se atribuye esta opinión a los almarianos.

3) El tercer error fue de David de Dinant, el cual, torpemente, propuso que Dios fuese la materia prima.

Pues bien, todo esto es manifiestamente falso, ya que ni es posible que Dios entre de algún modo en composición de algo, ni como principio formal ni como principio material.

En primer lugar porque, ya lo dijimos, Dios es la primera causa eficiente. Y la causa eficiente no tiene con respecto a la forma del efecto el mismo número, sino sólo la misma especie. Ejemplo: El ser humano engendra un ser humano. La materia, por su parte, no tiene con respecto a la causa eficiente ni el mismo número, ni la misma especie pues aquella está en potencia, ésta en acto.

Segundo, como quiera que Dios es la primera causa eficiente, le corresponde ser, en cuanto tal, el primer agente. Lo que entra en composición con algo no es, en cuanto tal, el primer agente, sino que lo es el compuesto. Ejemplo: La mano no hace algo, sino que lo hace el hombre con la mano; o el fuego, que calienta por el calor. Se sigue de ahí que Dios no puede ser parte de algo compuesto.

Tercero, porque ninguna parte del compuesto puede ser en absoluto lo primero en los seres; tampoco lo puede ser la materia y la forma, que son las primeras partes de los compuestos.

Pues la materia está en potencia, y la potencia, como quedó demostrado es siempre posterior al acto. La forma que es parte del compuesto es forma participada; de este modo, así como el que participa de algo es posterior al que lo tiene por esencia, así también sucede al mismo participado. Ejemplo: El fuego en lo que arde es posterior al fuego en sí mismo. Como quedó demostrado ya, Dios es absolutamente el primer ser.

SANTO TOMÁS DE AQUINO PERFECCIÓN REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

Dios es absolutamente perfecto. No le falta nada y posee plenamente todo lo que pertenece al ser. Mientras las criaturas tienen perfecciones limitadas, Dios las posee de manera infinita y completa.
Dios no es materia ni algo que esté llegando a ser. Dios es la causa primera de todo cuanto existe. Por eso es perfección plena, sin carencias ni límites.
Toda bondad, verdad, belleza, sabiduría y perfección que encuentro en las criaturas procede de Dios. Lo que aparece de forma parcial en los seres creados existe en Dios de manera total y superior.
Dios es el Ser mismo que existe por sí mismo. Por esta razón contiene toda la plenitud del ser y ninguna perfección auténtica puede faltarle.
Asimismo, las criaturas se parecen a Dios porque proceden de Él. Todo ser creado refleja algo de la perfección divina, aunque de manera limitada e imperfecta. Existe una semejanza real entre Dios y las criaturas, pero nunca una igualdad. Dios supera infinitamente todo lo creado.
En conclusión, Dios es la perfección absoluta, la fuente de todo ser y el origen de toda perfección. Todo lo bueno y verdadero que existe en el mundo es un reflejo limitado de la perfección infinita que existe plenamente en Dios.

Simplicidad_staq

Dios, ¿es o no es perfecto?.

Tal como nos cuenta el Filósofo en XII Metaphys. 1 , algunos filósofos antiguos, como los Pitagóricos y Espeusipo a) no atribuyeron al primer principio lo óptimo y lo más perfecto. El porqué de esto radica en que los filósofos antiguos tan sólo tenian presente el principio material; y el principio material es el más imperfecto. Como quiera que la materia en cuanto tal está en potencia, es necesario que el primer principio esté en potencia en grado sumo; y así también sea en grado sumo imperfecto. En cambio, Dios es tenido como primer principio, pero no material, sino como causa eficiente b) y por eso es necesario que sea perfecto en grado sumo. Pues así como la materia en cuanto tal está en potencia, del mismo modo el agente en cuanto tal está en acto. De ahí que el primer principio activo precisa en grado sumo estar en acto; y consecuentemente también en grado sumo ser perfecto. Pues se dice que algo es perfecto en cuanto que está en acto. Se llama perfecto a lo que, de cuanto requiere su perfección, nada le falta.

En Dios, ¿están o no están las perfecciones de todas las cosas?.

En Dios están las perfecciones de todas las cosas. Y se dice que es absolutamente perfecto porque no le falta ninguna grandeza que se encuentra en cualquier género, como dice el comentarista en V Metaphys. Y esto puede ser considerado desde dos puntos de vista.

1) El primero, teniendo presente que todo lo que de una perfección está en el efecto, también tiene que estarlo en la causa efectiva; o, si el agente es unívoco, por razón de su misma naturaleza. Así, el ser humano engendra otro ser humano. O, de modo más sobresaliente, si el agente es equívoco. Así, en el sol está la semejanza de todo aquello que es engendrado por la fuerza del sol. Resulta evidente que el efecto preexiste virtualmente en la causa agente; preexistir virtualmente en la causa agente no es preexistir de un modo más imperfecto, sino, al contrario, más perfecto. Sin embargo, preexistir en la potencia de la causa material es una forma más imperfecta de preexistir, ya que la materia, en cuanto tal, es imperfecta; en cambio, el agente, en cuanto tal, es perfecto. Así, pues, como quiera que Dios es la primera causa efectiva de las cosas, es necesario que las cosas preexistan en Dios de un modo más sobresaliente. Idéntica razón expresa Dionisio en el c.5 De Div. Nom.5, al decir de Dios: No es esto, ni aquello, sino todo como causa de todo.

2) El segundo, deducible de lo que se demostró (q.3 a.4), porque Dios es el mismo ser que subsiste por sí mismo, por lo cual es necesario que contenga toda la perfección del ser. Pues resulta evidente que, si algo caliente no tiene toda la perfección del calor, esto es así porque no participa del calor perfectamente; pero si el calor fuera subsistente por sí mismo, nada le faltaría de la perfección del ser. Por tanto, si Dios es el mismo ser subsistente, no puede faltarle nada de la perfección del ser. Las perfecciones de todas las cosas pertenecen a la perfección del ser; pues son perfectos en tanto en cuanto tienen de algún modo ser. De ahí se sigue que -ninguna perfección de las cosas le falta a Dios. Idéntica razón expresa Dionisio en el c.5 De Div. Nom.6 al decir de Dios: No existe de un modo cualquiera, sino absolutamente; concentrando en sí mismo todo el ser de forma ilimitada e invariable. Y después añade: porque el mismo es el ser en lo que subsiste 7d.

¿Puede o no puede alguna criatura ser semejante a Dios?.

Como quiera que la semejanza responde a la correspondencia o comunicación en la forma, al haber muchos modos de comunicación en la forma, la semejanza será múltiple.

1) Son llamadas semejantes aquellas cosas que se comunican en la misma forma por la misma razón y en el mismo modo. Y éstas no sólo son semejantes, sino iguales en su semejanza. Ejemplo: Dos cosas blancas son semejantes en la blancura. Esta es la semejanza más perfecta.

2) Son llamadas semejantes también aquellas cosas que se comunican en la misma forma, por la misma razón, pero no en el mismo modo, sino más o menos. Ejemplo: Lo menos blanco es semejante a lo más blanco. Esta es una semejanza imperfecta.

3) En tercer lugar, son llamadas semejantes aquellas cosas que se comunican en la misma forma, pero no por la misma razón. Esto resulta evidente en los agentes no unívocos. Pues, como quiera que todo agente hace algo semejante a sí mismo en cuanto agente, y todo lo hace según su forma, es necesario que en el efecto haya alguna semejanza de la forma del agente. Así, pues, si el agente pertenece a la misma especie de su efecto, habrá semejanza de forma entre el que hace y lo hecho por la misma razón de la especie. Ejemplo: El ser humano engendra un ser humano.

En cambio, si el agente no pertenece a la misma especie, habrá semejanza, pero no por la misma razón de la especie. Ejemplo: Las cosas que son generadas por la fuerza del sol, tienen alguna semejanza con el sol, pero no porque reciban la forma del sol por la semejanza en la especie, sino por la semejanza en el género. Así, pues, si hay algún agente que no pertenezca a ningún género, sus efectos tendrán todavía una semejanza más remota con la forma del agente. Sin embargo no participarán de la semejanza de la forma del agente por razón de la misma especie o del mismo género, sino por una cierta analogía, como el mismo ser es común a todos. De este modo, todas las cosas, que proceden de Dios, se asemejan a El en cuanto seres como al principio primero y aboluto de todo ser.

SANTO TOMÁS DE AQUINO EL BIEN Y EL SER REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

El bien y el ser, no son dos realidades distintas. Todo aquello que es, en la medida en que existe, también es bueno. La diferencia entre ser y bien está en la manera en que mi entendimiento los considera.
Ser es aquello que existe. Bien es aquello que, por existir y poseer alguna perfección, resulta deseable o apetecible. Por eso, cuando algo posee ser, posee también algún grado de bondad.
El ser es lo primero que conoce mi inteligencia. Antes de preguntarme si algo es bueno, primero reconozco que existe. El ser es lo primero que encuentro en toda realidad y el fundamento de todo conocimiento posterior.
Todo cuanto existe posee alguna perfección. Ningún ser existe sin participar de algún modo de la actualidad y de la perfección propias de su naturaleza. Por ello se puede afirmar que todo ser, en cuanto ser, es bueno.
No significa esto que todas las acciones o decisiones del ser sean moralmente correctas. Significa que toda realidad existente posee algún bien por el simple hecho de existir y participar del ser.
Toda acción se dirige hacia algún bien. Cuando actúo, siempre busco algo que considero conveniente, valioso o deseable. Toda tendencia, todo deseo y toda elección se orientan hacia algún fin que aparece ante mí bajo la razón de bien.
Por esta razón el bien tiene carácter de fin. El bien es aquello hacia lo cual se dirigen mis acciones y aquello que mueve toda búsqueda. Primero concibo el fin que deseo alcanzar y después realizo las acciones necesarias para conseguirlo.
Asimismo, entiendo que una cosa es plenamente buena cuando nada le falta de aquello que corresponde a su naturaleza. La bondad supone perfección, integridad y plenitud.
Para que algo sea completamente bueno debe poseer tres elementos fundamentales: - Modo: la medida adecuada y proporcionada de lo que le corresponde. - Especie: la naturaleza o forma que lo constituye como lo que es. - Orden: la orientación correcta hacia su fin propio.
Cuando estos elementos se encuentran presentes, la realidad alcanza una mayor perfección y participa más plenamente del bien.
Hay tres maneras principales en las que el bien puede presentarse ante mí:
El bien útil es aquello que deseo como medio para alcanzar otra cosa. Lo aprecio por el beneficio que me proporciona para conseguir un fin posterior.
El bien honesto es aquello que deseo por sí mismo. Tiene valor propio y constituye un fin digno de ser buscado por lo que es.
El bien deleitable es aquello que produce satisfacción, gozo o descanso cuando alcanzo el bien que buscaba.
Finalmente, comprendo que todo cuanto existe participa del bien porque todo cuanto existe participa del ser. Cuanto mayor es la perfección de una realidad, mayor es también su participación en el bien.
En conclusión, el bien y el ser son una misma realidad considerada desde perspectivas distintas. El ser expresa la existencia misma de las cosas; el bien expresa la perfección y deseabilidad que acompaña a esa existencia. Por ello, todo cuanto existe posee algún bien, toda acción busca algún bien y toda perfección encuentra su fundamento último en la plenitud absoluta del Ser.

bien_staq

SANTO TOMÁS DE AQUINO BONDAD REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

Dios es bueno de manera absoluta y perfecta. No recibe su bondad de ningún otro ser ni depende de nada para poseerla. Dios es el origen de toda bondad y aquello hacia lo cual tienden todas las cosas que buscan su perfección.
Cuando observo la realidad, descubro que todo ser busca de algún modo aquello que le perfecciona. Todo ser desea alcanzar el bien que le corresponde según su naturaleza. Como Dios es la causa primera de todo cuanto existe, reconozco que toda perfección y todo bien proceden en último término de Él.
Dios no posee la bondad de manera limitada, parcial o incompleta. Mientras las criaturas participan de la bondad según su capacidad, Dios la posee en plenitud infinita. Por esta razón reconozco que Dios es el Bien Supremo y que ningún bien creado puede igualar su perfección.
Sólo Dios es bueno por esencia. En las criaturas, la bondad es algo recibido y participado. En Dios, en cambio, la bondad no es una cualidad añadida, sino que pertenece a su mismo ser. Dios no solamente tiene bondad; Dios es plenamente bueno por lo que es.
Toda verdad, belleza, sabiduría, justicia y perfección que se encuentra en las criaturas procede de Dios como de su fuente primera. Aquello que aparece en los seres creados de forma limitada existe en Dios de manera perfecta, plena e infinita.
Asimismo, todas las cosas son buenas porque participan de la bondad divina. Ninguna criatura posee por sí misma la plenitud del bien, pero todas reflejan algo de la bondad de Dios según el grado de perfección que han recibido.
En el orden de la creación, se descubre que cada ser manifiesta alguna semejanza con la bondad divina. Todo cuanto existe participa del ser recibido de Dios y, por ello, participa también de alguna manera de su bondad.
Dios es el principio primero de toda bondad, el modelo perfecto de toda perfección, la causa de todo bien que existe y el fin último hacia el cual se orientan todas las cosas.
En conclusión, Dios es la Bondad absoluta, el Bien Supremo y la fuente de toda perfección. Todo bien presente en las criaturas procede de Él y refleja de manera limitada la infinita plenitud de bondad que existe eternamente en Dios.

bondad_staq

SANTO TOMÁS DE AQUINO INFINITUD REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

Dios es infinito y perfecto. No posee límites de ningún tipo y contiene plenamente toda la perfección que corresponde al ser. Mientras las criaturas participan del ser de manera limitada, Dios lo posee de forma absoluta, plena e infinita.
Dios no es materia ni está sujeto a las limitaciones propias de las realidades materiales. Dios existe por sí mismo y no depende de ninguna causa superior. Por esta razón su ser no está restringido por nada y su perfección no conoce límite alguno.
Todo lo creado posee una naturaleza determinada y unas capacidades concretas. Cada criatura tiene una medida propia de perfección y existencia. Dios, en cambio, no está limitado por una naturaleza recibida ni por condición alguna que reduzca la plenitud de su ser.
Dios es el Ser mismo que subsiste por sí mismo. Por esta razón contiene toda la plenitud del ser y ninguna perfección auténtica puede faltarle. Su infinitud no significa ausencia de perfección, sino plenitud absoluta de toda perfección.
Asimismo, ninguna criatura puede ser infinita como Dios. Todo ser creado recibe el ser de otro y participa de él de manera limitada. Aunque algunas realidades puedan parecer inagotables desde determinados aspectos, permanecen siempre dentro de los límites propios de la creación.
Todo cuerpo material posee una forma, una cantidad y unos límites determinados. Por ello ninguna realidad corporal puede ser infinita en sentido absoluto. Sólo Dios trasciende toda limitación porque no depende de materia alguna ni está contenido por ninguna realidad superior.
Cuando considera el crecimiento indefinido de los números o la posibilidad de dividir continuamente una cantidad, existe una infinitud posible o potencial. Sin embargo, esta posibilidad no equivale a una infinitud plenamente realizada. La infinitud absoluta pertenece únicamente a Dios.
Asimismo, las criaturas reflejan de manera limitada algunos aspectos de la perfección divina. Todo cuanto existe manifiesta algo de la riqueza del ser recibido de Dios, aunque ninguna criatura pueda contener la plenitud infinita que sólo pertenece a su Creador.
En conclusión, Dios es infinito porque es el Ser mismo que existe por sí mismo, sin limitación alguna y con plenitud absoluta de perfección. Todo lo creado es finito y participa del ser de manera limitada. La infinitud perfecta, plena y eterna existe únicamente en Dios, que supera infinitamente todo cuanto ha sido creado.

infinitud_staq

SANTO TOMÁS DE AQUINO: DICCIONARIO DE TERMINOLOGÍA_1 TOMISTA (LECTURA TEOLÓGICA).

Criterio: definiciones formuladas exclusivamente desde el marco de la teología de Santo Tomás de Aquino, sin referencia a “filosofía”.

1. ENTE Def: Todo lo creado por Dios que existe. Ej: Una persona concreta (un individuo humano).
2. SER Def: Existir recibido de Dios. Ej: Una persona que está viva en este momento.
3. ESENCIA Def: Lo que Dios ha querido que el ser humano sea. Ej: Ser un hombre o una mujer como naturaleza humana.
4. ACTO DE SER Def: Existencia que Dios comunica a cada persona. Ej: El hecho de que una persona esté viva ahora.
5. ACTO Def: Lo ya realizado en el ser humano. Ej: Una persona adulta ya desarrollada.
6. POTENCIA Def: Capacidad humana dada por Dios para cambiar o desarrollarse. Ej: Un niño que puede aprender a leer.
7. SUSTANCIA Def: Persona humana como unidad completa. Ej: Un individuo humano concreto.
8. ACCIDENTE Def: Rasgo del ser humano que puede cambiar sin dejar de ser persona. Ej: Color de ojos o altura.
9. MATERIA Def: Base corporal del ser humano creada por Dios. Ej: El cuerpo físico de una persona.
10. FORMA Def: Principio que organiza el cuerpo humano. Ej: Ser un ser humano vivo y organizado.
11. HILEMORFISMO Def: Unión de cuerpo y alma en la persona. Ej: Un ser humano vivo (cuerpo + alma).
12. CAUSA EFICIENTE Def: Lo que produce un efecto en la vida humana bajo Dios. Ej: Padres que engendran un hijo.
13. CAUSA MATERIAL Def: Lo que compone el cuerpo humano. Ej: Tejidos del cuerpo humano.
14. CAUSA FORMAL Def: Lo que hace que una persona sea humana. Ej: El ser racional humano.
15. CAUSA FINAL Def: Fin para el que el ser humano existe. Ej: Alcanzar la unión con Dios.
16. CAUSALIDAD Def: Relación de causa y efecto en la vida humana. Ej: Estudiar y aprender.
17. ANALOGÍA DEL SER Def: Diferencia entre el ser de Dios y el del hombre. Ej: Dios existe plenamente, el hombre de modo limitado.
18. UNIDAD Def: Cada persona es un individuo único. Ej: Una persona irrepetible.
19. VERDAD Def: Concordancia del pensamiento humano con la realidad. Ej: Decir la verdad sobre lo que uno hizo.
20. BIEN Def: Aquello que perfecciona al ser humano. Ej: Actuar con justicia.
21. BONUM Def: Bien entendido como perfección humana. Ej: Ayudar a otra persona.
22. VERUM Def: Verdad en el entendimiento humano. Ej: Reconocer correctamente un hecho.
23. ENS COMMUNE Def: Todo ser humano considerado como existente. Ej: Toda la humanidad.
24. ENS PER SE Def: Persona humana como individuo. Ej: Un solo ser humano.
25. ENS PER ACCIDENS Def: Agrupación de personas sin unidad esencial. Ej: Multitud en una plaza.
26. ACTUS PURUS Def: Solo Dios, sin cambio ni potencia. Ej: No aplicable al ser humano.
27. POTENTIA PASSIVA Def: Capacidad del humano de recibir cambios. Ej: Aprender durante la infancia.
28. POTENTIA ACTIVA Def: Capacidad humana de actuar. Ej: Enseñar a otro.
29. ESENCIA DIVINA Def: Lo que Dios es (no humano). Ej: No aplicable al hombre.
30. IPSUM ESSE SUBSISTENS Def: Dios como Ser absoluto. Ej: No aplicable al humano.
31. CREACIÓN EX NIHILO Def: El ser humano es creado por Dios sin materia previa. Ej: El inicio de la vida humana.
32. PROVIDENCIA Def: Orden de Dios sobre la vida humana. Ej: Circunstancias de la vida de una persona.
33. ANIMA RATIONALIS Def: Alma racional del ser humano. Ej: Capacidad de pensar de una persona.
34. INTELECTO Def: Capacidad humana de entender. Ej: Comprender un problema.
35. VOLUNTAD Def: Capacidad humana de elegir. Ej: Decidir entre dos opciones.
36. INTELECTO AGENTE Def: Capacidad de formar ideas. Ej: Entender conceptos abstractos.
37. INTELECTO POSIBLE Def: Capacidad de recibir conocimiento. Ej: Aprender una lección.
38. ESPECIE INTELIGIBLE Def: Idea mental en el humano. Ej: Imagen mental de una persona.
39. SUSTANCIA PRIMERA Def: Persona individual. Ej: Un individuo humano concreto.
40. SUSTANCIA SEGUNDA Def: Naturaleza humana general. Ej: “Ser humano” como especie.
41. FORMA SUSTANCIAL Def: Lo que hace humano al ser humano. Ej: Tener alma racional.
42. FORMA ACCIDENTAL Def: Rasgos cambiantes en el humano. Ej: Vestimenta o peinado.
43. TRANSCENDENTALES Def: Propiedades del ser humano en cuanto creado. Ej: Toda persona es una, verdadera y buena en cuanto ser.
44. ACTO Y POTENCIA Def: Lo que la persona es y lo que puede llegar a ser. Ej: Niño que puede ser adulto.
45. ANALOGÍA ENTIS Def: Diferencia entre el ser humano y Dios. Ej: Hombre existe por Dios, Dios por sí mismo.
46. SUSTANCIA SIMPLE Def: No aplica plenamente al humano (es compuesto). Ej: El alma separada en doctrina.
47. SUSTANCIA COMPUESTA Def: Ser humano como unión de cuerpo y alma. Ej: Persona viva.
48. ESENCIA Y EXISTENCIA Def: Lo que el humano es y el hecho de que existe. Ej: Ser humano vs persona real viva.
49. INTELLECTUS POSSIBILIS Def: Capacidad de aprender del humano. Ej: Estudiar una materia.
50. INTELLECTUS AGENS Def: Capacidad de comprender activamente. Ej: Resolver un problema.
51. CREACIÓN CONTINUA Def: Dependencia constante del humano respecto de Dios. Ej: Una persona sigue existiendo cada instante.
52. PARTICIPACIÓN Def: El humano recibe cualidades de Dios de forma limitada. Ej: Ser bueno en cierta medida.
53. ORDEN DIVINO Def: Orden de la vida humana bajo Dios. Ej: Ciclo de vida humana.
54. CAUSA PRIMERA Def: Dios como origen de la existencia humana. Ej: Toda persona existe por Dios.
55. CAUSAS SEGUNDAS Def: Agentes humanos bajo Dios. Ej: Padres, maestros, médicos.

términos_1_staq

SANTO TOMÁS DE AQUINO OMNIPRESENCIA REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

Dios está verdaderamente presente en todas las cosas. No porque forme parte de ellas, ni porque se mezcle con su naturaleza, sino porque Él es quien les comunica continuamente el ser. Así como el efecto depende constantemente de la acción de su causa, también toda criatura depende de Dios para existir en cada instante.
No afirmo que Dios solamente haya dado origen al mundo en un momento pasado. Enseño que toda criatura permanece en el ser porque Dios continúa sosteniéndola. Si cesara esta acción divina, dejaría inmediatamente de existir aquello que ha sido creado.
El ser es lo más profundo e íntimo de cada realidad, como Dios es quien comunica ese ser, Dios está presente íntimamente en todas las criaturas.
También Dios está en todas partes. Sin embargo, no debe entenderse esta presencia como la de un cuerpo que ocupa un espacio determinado. Los cuerpos llenan un lugar porque impiden que otro cuerpo ocupe exactamente el mismo espacio. Dios no llena los lugares de ese modo, sino porque da el ser a todas las criaturas que se encuentran en ellos.
Por ello sostengo que ningún lugar puede existir separado de Dios, pues todo cuanto ocupa un lugar recibe continuamente de Él la existencia. Dios no está contenido por el universo; es el universo el que depende constantemente de Dios para permanecer en el ser.
Distingo tres modos mediante los cuales puede comprenderse la presencia divina. En primer lugar, Dios está por potencia, porque todas las cosas se encuentran sometidas a su poder y ninguna realidad puede escapar a su dominio.
En segundo lugar, Dios está por presencia, porque todo cuanto existe permanece completamente descubierto ante Él. Nada puede ocultarse a su conocimiento, ya que conoce perfectamente todas las criaturas y todas sus acciones.
En tercer lugar, Dios está por esencia, porque Él mismo es quien comunica el ser a todas las cosas. Esta presencia no significa que Dios se divida o que una parte suya habite en cada criatura. Dios está entero en todas ellas porque obra enteramente allí donde comunica el ser.
Y existe una forma especial de presencia divina en las criaturas racionales. Cuando el ser humano conoce a Dios y le ama por la gracia recibida, Dios habita en él de un modo distinto al que corresponde a las demás criaturas. Esta presencia no elimina la presencia universal, sino que la perfecciona mediante una relación de conocimiento y amor.
No existen dos principios supremos del universo, uno bueno y otro malo. Todo cuanto posee ser depende del único Dios verdadero y únicamente de Él recibe la existencia.
Dios no creó el mundo y después dejó de ocuparse de él. La Providencia divina alcanza continuamente a toda la creación y que nada permanece fuera de su cuidado y gobierno.
Dios no creó solamente las primeras criaturas dejando que ellas produjeran por sí mismas toda la realidad restante. Toda criatura depende inmediatamente de Dios en cuanto al ser que posee y que ninguna existencia puede mantenerse sin su acción continua.
Por esta razón únicamente Dios puede decirse que está verdaderamente en todas partes. Ninguna criatura posee esta propiedad. Los seres creados ocupan un lugar concreto y están limitados por su propia naturaleza. Dios, en cambio, no se encuentra limitado por el espacio ni por el tiempo.
Cuando digo que Dios está en todas partes, no entiendo que se distribuya por partes entre los distintos lugares. Dios permanece siempre entero allí donde está presente. No existe una parte de Dios en un lugar y otra parte en otro, porque la naturaleza divina es absolutamente simple e indivisible.
Y esta propiedad pertenece exclusivamente a Dios. Aunque imagináramos un número ilimitado de lugares o incluso una creación mayor que la conocida, Dios estaría plenamente presente en todos ellos, pues nada puede existir sin recibir de Él el ser.
Concluyo, por tanto, que Dios está presente en todas las cosas y en todos los lugares no como un cuerpo que ocupa espacio, sino como la causa primera que comunica y conserva continuamente la existencia de toda criatura.
Todo cuanto existe depende de Él en cada instante, permanece bajo su poder, está plenamente conocido por Él y recibe de Él el ser que posee. Por ello la omnipresencia pertenece propia, exclusiva y perfectamente sólo a Dios.

presencia_staq

SANTO TOMÁS DE AQUINO INMUTABILIDAD REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

Dios es completamente inmutable. En Él no existe cambio alguno, porque es el primer ser, el Ser que existe por sí mismo y la plenitud absoluta del ser. Todo cuanto cambia pasa de un estado a otro; Dios, en cambio, permanece eternamente idéntico a sí mismo, pues nada le falta y nada puede añadírsele.
Dios es acto puro. En Él no existe potencia alguna que deba realizarse, ni posibilidad de llegar a ser algo que todavía no sea. Todo cambio supone una capacidad para adquirir una nueva perfección o para perder la que se posee. Como Dios posee desde toda la eternidad la plenitud absoluta de toda perfección, no puede cambiar de ninguna manera.
Dios es absolutamente simple y en Él no existen partes, elementos o componentes que puedan alterarse separadamente. Dios, por el contrario, contiene plenamente toda perfección del ser. No puede hacerse más sabio, más poderoso, más bueno o más perfecto, porque desde toda la eternidad posee de modo absoluto cuanto corresponde a la perfección divina.
Por esta razón Dios no progresa, no disminuye, no envejece ni se transforma. Su ser permanece eternamente el mismo, sin aumento, sin disminución y sin alteración alguna.
Esta inmutabilidad pertenece exclusivamente a Dios. Toda criatura, por el solo hecho de ser creada, posee alguna forma de mutabilidad. Ninguna realidad creada existe por sí misma, sino que recibe continuamente el ser de Dios y depende constantemente de su acción conservadora.
Si Dios dejara de comunicar el ser a cualquier criatura, ésta dejaría inmediatamente de existir, pues ninguna criatura posee en sí misma su propia existencia.
Existen criaturas cuya naturaleza limita determinados cambios. Algunas realidades no pueden perder aquello que pertenece esencialmente a su propia naturaleza sin dejar de ser lo que son. De este modo distingo entre aquello que puede modificarse y aquello cuya alteración supondría la desaparición de la propia realidad.
Las sustancias espirituales creadas no están sujetas a la generación y a la corrupción propias de los cuerpos materiales. Sin embargo, no son absolutamente inmutables, pues pueden cambiar en el ejercicio de su voluntad y en la aplicación de sus capacidades conforme al orden establecido por Dios.
Todas las criaturas permanecen sometidas al poder del Creador. Antes de existir dependían únicamente de la potencia divina para ser creadas, y después de existir continúan dependiendo de esa misma potencia para conservar el ser recibido. Ninguna criatura puede mantenerse por sí sola en la existencia.
Toda mutabilidad manifiesta la limitación propia de lo creado. Cambiar significa que todavía existe alguna perfección por alcanzar, alguna condición susceptible de modificarse o alguna dependencia respecto de otro. Todo ser creado posee esa limitación porque participa del ser de manera finita y recibida.
Dios, por el contrario, no participa del ser como las criaturas, sino que es el mismo Ser subsistente. Su perfección no es adquirida ni recibida de otro. Existe por sí mismo y posee desde toda la eternidad cuanto corresponde a la plenitud absoluta del ser.
En Dios no existe posibilidad de corrupción, alteración, aumento, disminución, sucesión o transformación. Nada puede perfeccionarlo porque es la perfección misma; nada puede disminuirlo porque su ser es infinito; nada puede modificarlo porque es absolutamente simple y carece de toda composición.
Concluyo, por tanto, que sólo Dios es completamente inmutable. Toda criatura puede cambiar de una u otra manera porque es creada, limitada y dependiente. Dios, en cambio, permanece eternamente el mismo, porque es acto puro, absolutamente simple, plenamente perfecto y el Ser que subsiste por sí mismo.
De esta verdad se sigue que toda la creación depende continuamente de Él para existir, mientras que Él permanece inalterable, eterno e idéntico a sí mismo por toda la eternidad.

inmutabilidad_staq

SANTO TOMÁS DE AQUINO ETERNIDAD REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

Dios es eterno de manera absoluta. Su eternidad consiste en existir sin principio, sin fin y sin cambio alguno. Mientras todas las criaturas experimentan el paso del tiempo y la sucesión de los acontecimientos, Dios permanece eternamente idéntico a sí mismo.
La eternidad es la posesión plena, perfecta y simultánea de una vida que no tiene término. En Dios no existe un antes ni un después. No hay pasado que haya dejado de ser ni futuro que todavía no haya llegado. Todo cuanto pertenece a su ser existe en un eterno presente.
La causa de la eternidad divina es la absoluta inmutabilidad de Dios. Allí donde existe cambio aparece el tiempo; donde no existe cambio alguno, existe la eternidad. Como Dios es completamente inmutable, su existencia no transcurre, sino que permanece siempre perfecta y plena.
Dios no sólo posee eternidad, sino que es su misma eternidad. En Él no hay diferencia entre su ser, su existencia, su vida y su eternidad. Todo cuanto es Dios existe con absoluta simplicidad, sin composición y sin sucesión temporal.
Ninguna criatura puede poseer la eternidad de la misma manera que Dios. Todo ser creado recibe la existencia de otro y permanece sujeto a alguna forma de limitación. Aunque algunas criaturas duren mucho tiempo o permanezcan estables, ninguna alcanza la eternidad absoluta que pertenece únicamente al Creador.
El tiempo y la eternidad. El tiempo mide el cambio y el movimiento. Todo cuanto nace, crece, envejece o se transforma está sometido al tiempo. La eternidad, por el contrario, no mide cambio alguno, porque en ella todo permanece perfectamente estable.
No basta afirmar que la eternidad es una duración infinita. Una duración muy larga seguiría siendo tiempo si existiera sucesión. La verdadera diferencia consiste en que el tiempo transcurre continuamente, mientras que la eternidad nunca transcurre.
La existencia del evo, que constituye una duración intermedia entre el tiempo y la eternidad. Corresponde a aquellas criaturas espirituales creadas que permanecen estables en su ser, aunque no poseen la absoluta inmutabilidad propia de Dios. De este modo, el evo no es tiempo propiamente dicho, pero tampoco es la eternidad divina.
Las sustancias espirituales creadas participan de una permanencia superior a la de las realidades materiales. Sin embargo, continúan siendo criaturas y, por ello, no poseen la perfección infinita ni la eternidad absoluta que sólo corresponden a Dios.
Los bienaventurados participan de la vida eterna por la visión de Dios. Esta participación no significa que se conviertan en eternos por naturaleza, sino que reciben por gracia una comunión permanente con Aquel que es eternamente inmutable.
Cuando la Sagrada Escritura llama eternas a ciertas realidades creadas, debe entenderse según el contexto. En algunos casos expresa una duración muy prolongada o una estabilidad extraordinaria, pero no la eternidad absoluta que sólo pertenece a Dios.
La eternidad manifiesta la perfección absoluta de Dios. Nada puede añadirse a Él, nada puede disminuirlo y nada puede modificarlo. Su plenitud permanece siempre idéntica, sin aumento ni pérdida, porque contiene desde toda la eternidad toda la perfección del ser.
Por ello Dios contempla todas las cosas sin quedar sometido al paso del tiempo. Lo que para las criaturas acontece sucesivamente, para Dios permanece siempre presente en su conocimiento eterno, sin que ello implique cambio alguno en su ser.
Concluyo, por tanto, que sólo Dios es eterno en sentido pleno y absoluto. Todo lo creado participa de la duración según su propia naturaleza, ya sea mediante el tiempo o mediante el evo, pero únicamente Dios posee la eternidad como perfección propia.
Él es el Ser que subsiste por sí mismo, absolutamente inmutable, simple, perfecto y eterno, en quien no existe principio ni fin, pasado ni futuro, sino un eterno presente que permanece inalterable por toda la eternidad.

eterno_staq

SANTO TOMÁS DE AQUINO UNIDAD REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

Existe un solo Dios verdadero. Esta verdad puede conocerse tanto por la Sagrada Escritura como por la recta razón, pues la perfección absoluta sólo puede pertenecer a un único Ser. Si existieran varios dioses verdaderos, ninguno poseería la plenitud absoluta de la perfección, ya que tendrían que distinguirse entre sí por alguna diferencia. Aquello que posee una diferencia carece de algo que otro posee, y quien carece de algo ya no es absolutamente perfecto. Por ello únicamente existe un solo Dios.

Dios es el Ser absolutamente perfecto, simple, eterno, infinito e inmutable. Todas estas perfecciones pertenecen a un único sujeto. No existen varios seres infinitamente perfectos, porque la perfección infinita no admite división ni multiplicación. Allí donde aparece la multiplicidad existe alguna limitación que distingue unos seres de otros, pero en Dios no existe limitación alguna.

La unidad divina nace de su misma naturaleza. Dios no está compuesto de partes, ni de elementos, ni de cualidades separadas. Todo cuanto existe en Dios es Dios mismo. Su sabiduría es Dios; su bondad es Dios; su poder es Dios; su verdad es Dios; su vida es Dios. Debido a esta absoluta simplicidad, Dios constituye una unidad perfectísima que no puede dividirse.

Las criaturas creadas son múltiples porque participan de la existencia de manera limitada. Cada una recibe una naturaleza determinada y posee perfecciones parciales. Ninguna criatura contiene toda la plenitud del ser. Dios, por el contrario, posee toda la perfección del ser sin límite alguno. Precisamente por ello no puede existir otro semejante a Él.

Se puede observar que todo el universo manifiesta un admirable orden. Los innumerables objetos cooperan entre sí formando un conjunto armónico. Este orden universal exige un único principio supremo que gobierne todas las cosas. Toda la creación depende del único Dios que gobierna el universo con infinita sabiduría.

La Sagrada Escritura confirma constantemente esta verdad. Cuando Dios revela su nombre al pueblo elegido manifiesta que Él es el único Señor. Asimismo, el primer mandamiento prohíbe reconocer otros dioses, porque solamente uno posee verdaderamente la naturaleza divina. La fe cristiana conserva firmemente esta confesión desde el comienzo hasta el final de la Revelación.

La unidad de Dios no significa pobreza ni ausencia de perfecciones. Al contrario, cuanto más perfecta es una realidad, mayor es su unidad. Dios posee una unidad infinitamente superior a toda unidad creada porque en Él no existe ninguna división, ninguna composición ni ninguna posibilidad de separación.

Tampoco la Santísima Trinidad contradice la unidad divina. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no constituyen tres dioses. Son un solo Dios verdadero porque poseen una única naturaleza divina, una sola esencia, un solo poder, una sola sabiduría, una sola voluntad y una sola eternidad. Las Personas divinas se distinguen únicamente por sus relaciones de origen, permaneciendo siempre una única e indivisible divinidad.

Toda criatura creada recibe su existencia de este único Dios. Ningún ser creado puede existir por sí mismo ni conservarse sin la continua acción del Creador. Toda existencia procede del único Dios que comunica el ser a cuanto existe.

Todo bien participa del Bien supremo que es Dios. Cuando encontramos bondad, verdad, belleza, justicia o sabiduría en las criaturas creadas, contemplamos únicamente una parte limitada de aquellas perfecciones que existen plenamente en Dios. Por ello toda perfección creada conduce finalmente al reconocimiento del único Dios.

La adoración pertenece exclusivamente a Dios. Ningún ser creado, por excelente que sea, puede recibir el culto que corresponde únicamente al Creador. Los ángeles, los santos y toda la creación manifiestan la gloria de Dios, pero ninguno comparte con Él la naturaleza divina ni la dignidad que corresponde solamente a Dios.

La unidad divina constituye el fundamento de toda la creación, de toda la providencia y de toda la salvación. Porque Dios es uno, el universo posee un único origen, un único gobierno y un único fin. Toda la historia de la salvación manifiesta la acción del único Dios que conduce todas las cosas hacia el cumplimiento de su voluntad santa.

Concluyo, por tanto, que existe un solo Dios verdadero, absolutamente simple, perfecto, infinito, eterno e inmutable. Ninguna otra realidad puede poseer la plenitud del ser ni compartir la naturaleza divina. Toda la creación procede de Él, depende continuamente de Él y hacia Él se dirige como a su principio y a su fin. La unidad de Dios no constituye una perfección entre otras, sino la manifestación necesaria de su absoluta plenitud, pues sólo quien posee íntegramente toda la perfección del ser puede ser el único Dios verdadero, digno de toda adoración, amor y gloria por los siglos de los siglos.

SANTO TOMÁS DE AQUINO CONOCEMOS REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

Durante esta vida el ser humano puede conocer verdaderamente a Dios, aunque no puede contemplarlo en su esencia porque Dios supera infinitamente toda inteligencia creada y, por ello, ningún hombre puede comprender plenamente quién es Dios mientras vive en este mundo. Sin embargo, Dios no ha dejado a la humanidad sin conocimiento de Él, sino que se ha dado a conocer por sus obras y por su divina Revelación.

Todo conocimiento humano comienza por los sentidos. El hombre contempla las criaturas creadas, observa el orden del universo, descubre la belleza de la creación, reconoce el movimiento de las cosas, advierte la existencia del bien y de la verdad, y mediante este conocimiento asciende hasta reconocer la existencia del Creador. Las criaturas creadas no son Dios, pero manifiestan realmente la sabiduría, el poder y la bondad de Aquel que las ha creado.

La belleza manifiesta la hermosura de Dios; el orden manifiesta su sabiduría; la existencia de todas las cosas manifiesta su poder creador; la bondad de las criaturas creadas manifiesta la infinita bondad del Creador. Aunque ninguna criatura pueda representar plenamente a Dios, todas anuncian verdaderamente su grandeza.

Conocemos a Dios principalmente por sus efectos. Así como al contemplar una obra bien realizada reconocemos la habilidad de quien la construyó, al contemplar el universo conocemos que existe un Creador infinitamente sabio. Del mismo modo que una magnífica catedral manifiesta la inteligencia de su arquitecto, toda la creación manifiesta la perfección de Dios.

El conocimiento natural de Dios nunca agota la realidad divina. Las criaturas creadas solamente participan de manera limitada de las perfecciones que en Dios existen de forma infinita. Por ello, cuando conocemos a Dios mediante la creación, alcanzamos un conocimiento verdadero, pero siempre imperfecto e incompleto.

Cuando afirmamos que Dios es bueno, sabio, justo o poderoso, hablamos con verdad. Sin embargo, estas palabras no significan exactamente lo mismo cuando se aplican a Dios que cuando se aplican a los creados. Las perfecciones que vemos en los objetos y seres creados existen en Dios de una manera infinitamente superior, sin límite alguno y con absoluta perfección.

Dios no es corporal, no cambia, no envejece, no puede morir, no puede equivocarse, no ignora nada y no posee limitación alguna. Al eliminar de nuestro pensamiento toda imperfección propia de las criaturas creadas, nuestra inteligencia se aproxima con mayor pureza al conocimiento del verdadero Dios.

La Revelación divina perfecciona el conocimiento que la razón humana puede alcanzar. Dios ha querido manifestarse mediante la Sagrada Escritura y, de manera plena y definitiva, por medio de Nuestro Señor Jesucristo. Gracias a esta Revelación conocemos verdades que jamás habríamos podido descubrir únicamente observando la creación, como el misterio de la Santísima Trinidad, la Encarnación del Verbo y el designio de la salvación.

La fe es un don por el cual aceptamos como verdaderas las verdades reveladas por Dios. No creemos porque comprendamos completamente esos misterios, sino porque Dios, que es la Verdad misma, no puede engañarse ni engañarnos. La fe no destruye la razón, sino que la ilumina y la conduce hacia verdades más altas.

Durante la vida presente conocemos a Dios como quien contempla parcialmente una realidad inmensamente superior a su capacidad. Ninguna inteligencia creada puede abarcar plenamente la infinitud divina.

Sin embargo, existe una perfección futura reservada para los bienaventurados. En la vida eterna, Dios concede la visión beatífica, mediante la cual los santos contemplan directamente la esencia divina. Este conocimiento no nace del esfuerzo humano, sino de un don sobrenatural concedido por Dios. Gracias a la luz de gloria, la inteligencia creada es elevada para contemplar al mismo Dios tal como Él es, sin intermediarios ni imágenes.

Esta visión constituye la felicidad perfecta del ser humano. Ningún conocimiento terreno puede compararse con ella. Todo deseo de conocer encuentra allí su pleno cumplimiento, porque el entendimiento contempla directamente a Aquel que es la Verdad eterna, el Bien supremo y la fuente de toda perfección.

Aunque los bienaventurados contemplan verdaderamente la esencia divina, pero la infinitud de Dios jamás puede ser abarcada totalmente por una inteligencia creada. Contemplar verdaderamente a Dios por un ser creado significa verlo tal como Él es según la capacidad que Dios concede a cada bienaventurado.

Cuanto más pura es el alma por la gracia y más unida vive a Dios, tanto mayor disposición posee para conocerle. La santidad dispone mejor al hombre para recibir y contemplar las verdades divinas aunque no añade nuevas verdades a la Revelación.

Toda verdadera teología tiene como finalidad conducir la inteligencia humana hacia un conocimiento cada vez más verdadero de Dios. La verdadera teología pretende ordenar rectamente aquello que Dios ha dado a conocer para que la razón sirva a la fe y ambas conduzcan al hombre hacia la contemplación del Creador y lo que no pretende es sustituir la Revelación ni agotar el misterio divino.

Por tanto, el hombre conoce verdaderamente a Dios durante esta vida por medio de la creación, mediante la recta razón y, sobre todo, gracias a la Revelación divina recibida en la fe. Sin embargo, solamente en la visión beatífica el alma contemplará directamente la esencia divina por el don de la luz de gloria, alcanzando la plenitud del conocimiento y la felicidad eterna. Así, toda la existencia humana se orienta hacia el conocimiento de Dios, principio de toda verdad y fin último para el cual fue creada la inteligencia del hombre.

SANTO TOMÁS DE AQUINO NOMBRES REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

Dios puede ser verdaderamente nombrado por el ser humano, aunque ningún nombre creado puede expresar plenamente su infinita perfección. Toda palabra humana ha sido formada a partir de la experiencia de las criaturas creadas, mientras que Dios supera infinitamente cuanto existe en el universo. Por ello, nuestros nombres alcanzan verdaderamente a Dios, pero nunca logran abarcar completamente lo que Él es.

El fundamento de todos los nombres divinos consiste en que las criaturas creadas proceden de Dios y participan realmente de las perfecciones que existen en Él de manera infinita. Cuando encontramos bondad, sabiduría, justicia, verdad, vida o poder en las criaturas creadas, contemplamos una participación limitada de aquellas perfecciones que pertenecen plenamente al Creador. Por esta razón, esos mismos nombres pueden aplicarse verdaderamente a Dios.

Cada uno Los nombres atribuidos a Dios manifiesta una perfección que existe realmente en Dios. Cuando llamamos a Dios bueno, afirmamos verdaderamente su bondad infinita. Cuando lo llamamos sabio, proclamamos su sabiduría perfecta. Cuando lo llamamos justo, confesamos su justicia absoluta. Ninguno de estos nombres añade algo a Dios, sino que expresa de manera limitada lo que Él es eternamente.

Debemos comprender, sin embargo, que ninguna palabra humana puede describir completamente la esencia divina. Dios posee una perfección infinita que supera toda expresión creada. Por ello, aunque nuestros nombres sean verdaderos, siempre resultan insuficientes para manifestar plenamente la realidad de Dios.

Muchos nombres divinos proceden de las perfecciones visibles en la creación. Dios creó todas las cosas y dejó en ellas un reflejo de su sabiduría y de su bondad. Cuando el hombre contempla la creación, descubre esas perfecciones y las atribuye legítimamente al Creador, reconociendo que en Dios existen de manera absoluta, eterna e infinita.

Entre todos los nombres revelados por Dios ocupa un lugar singular aquel con el que se manifestó a Moisés: «Yo soy el que soy». Este nombre expresa con la mayor perfección que Dios existe por Sí mismo y que toda existencia creada depende de Él. Ningún otro nombre manifiesta tan claramente que Dios es el Ser subsistente, aquel cuya existencia no ha sido recibida de otro ni puede desaparecer jamás.

El nombre «Dios» expresa al Ser supremo que gobierna todas las cosas y es reconocido como Señor del universo. Aunque este nombre es verdadero, no manifiesta con tanta precisión como «El que es» la realidad íntima del ser divino. El nombre revelado a Moisés señala directamente aquello que distingue absolutamente a Dios de toda criatura: su existencia eterna e independiente.

La Sagrada Escritura utiliza numerosos nombres para hablar de Dios: Señor, Rey, Padre, Pastor, Juez, Creador, Todopoderoso, Misericordioso, Santo, Luz, Verdad y muchos otros. Todos ellos son verdaderos porque expresan diferentes perfecciones divinas. Ninguno de ellos, sin embargo, agota la riqueza infinita del ser de Dios.

Cuando afirmamos que Dios es Padre, debemos de saber que se trata de una paternidad divina que constituye el modelo perfecto del cual procede toda auténtica paternidad creada. Del mismo modo, cuando llamamos Rey a Dios, no hablamos de un gobernante limitado como los hombres, sino del soberano absoluto que gobierna con sabiduría perfecta toda la creación.

Algunos nombres expresan aquello que Dios es en Sí mismo, mientras que otros manifiestan su relación con las criaturas creadas. Llamar a Dios eterno, bueno, verdadero o sabio expresa perfecciones que pertenecen eternamente a su naturaleza. En cambio, llamarlo Creador, Señor o Salvador manifiesta acciones mediante las cuales Dios obra respecto de las criaturas creadas.

Los nombres negativos también ayudan a conocer verdaderamente a Dios. Cuando afirmamos que Dios es invisible, inmortal, infinito, incorruptible o inmutable, eliminamos de nuestro pensamiento las limitaciones propias de las criaturas creadas. Estos nombres no empobrecen nuestro conocimiento de Dios, sino que purifican nuestra inteligencia para reconocer que ninguna imperfección puede encontrarse en Él.

Existen nombres que indican la excelencia absoluta de Dios. Cuando confesamos que Dios es el Bien supremo, la Verdad suprema o la Vida misma, afirmamos que toda bondad, toda verdad y toda vida creadas tienen su origen en Él y participan de sus perfecciones. Dios no posee estas perfecciones como algo añadido, sino que Él mismo es la Bondad, la Verdad y la Vida.

La diversidad de nombres divinos no significa que existan diversas partes en Dios. Dios permanece absolutamente simple. La multiplicidad de nombres procede únicamente del entendimiento humano. Nosotros necesitamos muchas palabras para expresar diversas perfecciones que en Dios constituyen una única realidad absolutamente simple. Su bondad no es distinta de su sabiduría, ni su sabiduría es distinta de su justicia, ni su justicia es distinta de su ser. Todo cuanto existe en Dios es el mismo Dios.

La Santísima Trinidad tampoco multiplica la naturaleza divina. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo poseen una única esencia divina. Por ello, todos los nombres que expresan la naturaleza de Dios pertenecen igualmente a las tres Personas divinas. Cuando confesamos que Dios es eterno, bueno, omnipotente, sabio o verdadero, afirmamos estas perfecciones del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, porque existe un solo Dios verdadero.

Los nombres de Dios tienen además una finalidad espiritual. Fueron dados para instruir la inteligencia y, también para mover al ser humano hacia la adoración, la confianza y el amor. Cada nombre divino manifiesta una perfección que invita al hombre a reconocer la grandeza del Creador y a glorificarlo.

La contemplación de los nombres divinos fortalece la fe, alimenta la esperanza y acrecienta la caridad. Cuanto más comprende el hombre la bondad, la verdad, la sabiduría, la misericordia y la santidad de Dios, tanto más reconoce su propia dependencia del Creador y tanto mayor es su deseo de vivir conforme a la voluntad divina.

Concluyo, que Dios puede ser verdaderamente nombrado porque Él mismo ha querido manifestarse mediante la creación y por la Revelación. Todos los nombres divinos expresan auténticas perfecciones que existen eternamente en Dios, pero ninguno consigue abarcar plenamente la inmensidad de su naturaleza infinita. El nombre revelado «Yo soy el que soy» manifiesta con especial claridad que Dios es el Ser que existe por Sí mismo, fuente de toda existencia y fundamento de todos los demás nombres con los que la Iglesia lo confiesa, lo adora y lo glorifica por los siglos de los siglos.

SANTO TOMÁS DE AQUINO CONOCE REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

Dios posee un conocimiento absolutamente perfecto. Su conocimiento no tiene principio ni fin, no aumenta con el paso del tiempo, no necesita aprendizaje alguno y jamás puede disminuir. Dios conoce todas las cosas con una perfección infinita porque Él mismo es la Verdad eterna y la fuente de todo cuanto existe.

El conocimiento de Dios no se parece al conocimiento humano. El hombre aprende poco a poco, observa la realidad mediante los sentidos, razona, compara, recuerda y llega lentamente al conocimiento. Dios, por el contrario, no necesita adquirir ciencia, porque desde toda la eternidad conoce perfecta y simultáneamente todo cuanto existe y todo cuanto puede existir.

Dios se conoce perfectamente a Sí mismo. Este conocimiento constituye el fundamento de toda su ciencia. Como Dios es el Ser absolutamente perfecto y contiene en Sí mismo toda la plenitud del ser, al conocerse perfectamente conoce también toda la perfección que puede encontrarse en las criaturas creadas, pues todas participan, de manera limitada, de aquello que existe plenamente en Él.

Dios conoce todas las criaturas creadas porque es su Creador. Ninguna realidad puede permanecer oculta para quien le ha concedido el ser. Así como un arquitecto conoce el edificio que ha diseñado con mucha mayor profundidad que quien solamente lo contempla desde el exterior, así Dios conoce infinitamente mejor toda la creación porque Él mismo la ha querido y la ha producido.

Nada escapa al conocimiento divino. Dios conoce los cielos, la tierra, los ángeles, los hombres, los animales, las plantas y cuanto existe en el universo visible e invisible. Conoce igualmente cada una de las acciones, de los pensamientos, de las palabras y de las decisiones libres de todas las criaturas creadas. Ningún acontecimiento puede sorprenderle, porque todo permanece eternamente presente ante su conocimiento.

Dios conoce las cosas particulares. Su ciencia no se limita a conocer únicamente las leyes generales del universo. Conoce cada persona concreta, cada criatura singular y cada instante de la historia. Conoce el número de las estrellas, el crecimiento de cada planta y hasta el más pequeño de los acontecimientos que suceden en el mundo.

Dios conoce igualmente los pensamientos más íntimos del corazón humano. Antes de que una palabra llegue a nuestros labios, Dios ya la conoce perfectamente. Antes de que una decisión sea realizada, Dios conoce la libertad con la que será tomada. Este conocimiento no destruye la libertad del hombre, porque Dios conoce eternamente los actos libres precisamente como actos libres.

Dios conoce tanto las realidades presentes como las pasadas y las futuras. Lo que para nosotros sucede sucesivamente en el tiempo permanece eternamente presente para Dios. Él no espera que ocurra un acontecimiento para conocerlo. Su conocimiento eterno abraza simultáneamente toda la historia de la creación.

La causa de esta perfección consiste en que Dios es eterno. Como en Él no existe sucesión temporal, tampoco existe sucesión en su conocimiento. Dios no recuerda el pasado ni prevé el futuro del modo en que lo hacemos nosotros. Todo permanece presente ante su mirada eterna en un único acto perfecto de conocimiento.

Dios conoce no solamente aquello que existe realmente, sino también todo cuanto podría existir si Él hubiera querido crearlo. Conoce todas las posibilidades de la creación, todas las criaturas creadas que podría haber creado y todos los acontecimientos que podrían producirse bajo cualquier circunstancia. Ninguna posibilidad escapa a la infinitud de su inteligencia.

Dios conoce el bien y conoce el mal. Conoce el bien porque Él mismo es el Bien supremo. Conoce el mal no porque exista como una realidad positiva independiente, sino porque conoce perfectamente el bien cuya ausencia constituye el mal. La perfección del conocimiento divino permite conocer incluso las privaciones y desórdenes que aparecen en las criaturas creadas.

El conocimiento divino jamás puede contener error alguno. El error nace cuando el entendimiento humano no coincide con la realidad. En Dios esto resulta absolutamente imposible, porque su inteligencia es la medida perfecta de toda verdad. Todo cuanto Dios conoce coincide perfectamente con la realidad, ya que Él mismo es el origen de toda existencia.

Dios nunca olvida nada. Dios no necesita memoria, porque todo permanece eternamente presente en su inteligencia. Nada puede desaparecer de su conocimiento, ni quedar oculto, ni debilitarse por el transcurso de los siglos.

El conocimiento de Dios tampoco depende de lo que Èl ha creado. No conoce las cosas porque ellas existan primero. Al contrario, las criaturas creadas existen porque Dios las conoce y las quiere desde toda la eternidad. Su conocimiento no recibe información del mundo; más bien, constituye uno de los fundamentos por los cuales el mundo existe.

El conocimiento divino permanece inseparable de su voluntad. Dios conoce perfectamente el bien y lo quiere perfectamente. Nunca existe contradicción entre su inteligencia y su voluntad. Toda decisión divina procede de una sabiduría infinita y de una voluntad absolutamente buena.

La providencia divina nace precisamente de esta ciencia perfecta. Dios gobierna toda la creación porque conoce perfectamente cada criatura, cada circunstancia y cada finalidad para la que ha creado todas las cosas. Su gobierno nunca es improvisado ni necesita corrección, porque desde toda la eternidad contempla el conjunto completo de la creación.

Los ángeles poseen un conocimiento muy superior al humano, pero limitado. Dios, en cambio, supera infinitamente a toda inteligencia creada. Ningún ángel ni ningún santo puede igualar la perfección de la ciencia divina.

La contemplación de la ciencia de Dios mueve al hombre a la confianza. Nada de cuanto sucede escapa a su conocimiento. Ninguna oración pasa inadvertida. Ningún sufrimiento permanece desconocido. Ninguna buena obra deja de ser vista por Dios. Toda la vida humana permanece continuamente presente ante su inteligencia eterna.

El conocimiento divino manifiesta igualmente la infinita sabiduría del Creador. Todo cuanto Dios realiza responde a un orden perfectísimo. Aunque muchas veces el hombre no alcance a comprender plenamente los caminos de la Providencia, puede estar seguro de que Dios gobierna todas las cosas con conocimiento absoluto, justicia perfecta y bondad infinita.

Concluyo, la ciencia de Dios es infinita, eterna, perfecta, inmutable e infalible. Dios se conoce plenamente a Sí mismo y, al conocerse, conoce simultáneamente toda la creación, todas las criaturas creadas, todos los acontecimientos, todas las acciones libres, todas las posibilidades y todo cuanto ha existido, existe o existirá. Nada puede añadirse a su conocimiento ni disminuirlo. Su ciencia constituye una perfección propia de su naturaleza divina y manifiesta que Él es la Verdad eterna, el Creador omnisciente y el sabio gobernador de todo el universo, digno de toda confianza, adoración y gloria por los siglos de los siglos.

SANTO TOMÁS DE AQUINO INFOGRAFÍA UNIDAD - CONOCE .

eterno_staq

SANTO TOMÁS DE AQUINO CONOCIMIENTOS REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

En Dios existen los conocimientos de todas las cosas creadas. Estos conocimientos no son pensamientos cambiantes ni imágenes semejantes a las que posee el entendimiento humano. Son el conocimiento eterno, perfecto e inmutable que Dios tiene de todas las criaturas creadas antes de crearlas. En Dios no existe sucesión de pensamientos ni descubrimiento progresivo, pues toda su ciencia es eterna y permanece siempre idéntica.

Los conocimientos divinos no existen fuera de Dios ni constituyen realidades independientes de Él. Tampoco son algo añadido a su naturaleza. Todo cuanto existe en Dios es Dios mismo. Por ello, los conocimientos divinos son el mismo entendimiento divino que conoce perfectamente todas las criaturas creadas que puede crear y todas las que libremente ha querido crear.

Dios no necesita contemplar modelos exteriores para realizar su obra creadora. El hombre necesita observar, aprender y copiar aquello que desea construir. Un arquitecto diseña un edificio después de estudiar numerosos elementos; un escultor contempla la piedra antes de comenzar su trabajo; un artesano aprende mediante la experiencia. Dios, por el contrario, no aprende de nadie ni recibe conocimiento alguno. El modelo perfecto de toda la creación existe eternamente en su propia inteligencia.

Así como un constructor conoce con precisión el edificio antes de levantarlo, Dios conoce desde toda la eternidad cada criatura antes de darle existencia. Sin embargo, la diferencia es infinita. El constructor puede equivocarse, modificar sus planos o descubrir errores. Dios jamás necesita corregir su conocimiento. Todo cuanto conoce permanece eternamente perfecto.

Dios conoce todas las criaturas creadas posibles porque conoce plenamente su propio poder infinito. Al contemplar la perfección de su naturaleza divina conoce todas las maneras en que su bondad puede ser participada por las criaturas creadas. De este modo conoce las cosas que existen realmente y todas aquellas que podría haber creado si así lo hubiera querido.

No todas las criaturas creadas posibles han sido creadas. Dios podía haber creado un universo diferente del actual, con un número distinto de criaturas creadas y con otro orden de acontecimientos. La creación presente existe porque Dios la quiso libremente entre todas las posibilidades conocidas por su inteligencia infinita.

Los conocimientos divinos constituyen el modelo según el cual Dios crea todas las cosas. Ninguna criatura aparece por casualidad. Cada una responde al conocimiento perfecto y al designio eterno del Creador. Desde el más pequeño ser viviente hasta las inmensas galaxias, todo ha sido conocido por Dios antes de recibir la existencia.

Los conocimientos divinos manifiestan principalmente la sabiduría de Dios. El admirable orden que contemplamos en el universo no procede del azar ni de una necesidad ciega. Todo responde a un proyecto eterno conocido perfectamente por Dios desde siempre. La armonía de la creación refleja la perfección del entendimiento divino.

Las diversas criaturas creadas existen porque manifiestan de modos diferentes la infinita perfección de Dios. Ninguna criatura puede reflejar por sí sola toda la riqueza del Creador. Por ello Dios ha querido una inmensa variedad de seres. Cada uno participa de alguna perfección divina según el lugar que ocupa dentro del orden de la creación.

Existen muchos conocimientos divinos respecto de las criaturas creadas, aunque Dios posee un único entendimiento. La multiplicidad no se encuentra en Dios como si hubiera muchos pensamientos separados. La multiplicidad procede de las diversas maneras en que las criaturas creadas participan de la única perfección divina. Dios permanece absolutamente simple mientras conoce perfectamente la diversidad de cuanto puede crear.

La unidad del entendimiento divino nunca desaparece. Nosotros necesitamos muchos conceptos para conocer distintas realidades. Dios no. En un único acto eterno de conocimiento conoce simultáneamente todas las criaturas creadas posibles y todas las criaturas creadas realmente existentes. Su conocimiento nunca se divide ni se multiplica.

Los conocimientos divinos no obligan a Dios a crear. Conocer una criatura posible no significa que deba existir necesariamente. Dios conoce infinitas posibilidades de creación, pero solamente crea aquello que libremente quiere crear. La creación nace de su voluntad libre y no de una necesidad impuesta por su inteligencia.

Los conocimientos divinos permanecen inseparablemente unidas a la voluntad divina. Dios conoce perfectamente todas las criaturas creadas posibles y, entre ellas, quiere libremente aquellas que realmente existirán. Ninguna criatura puede exigir su propia creación. Todo cuanto existe procede exclusivamente de la libre voluntad del Creador.

Afirmo igualmente que el orden del universo manifiesta la perfecta correspondencia entre la ciencia y la voluntad de Dios. Nada ha sido creado sin finalidad. Nada carece de sentido dentro del conjunto de la creación. Cada criatura ocupa el lugar que Dios le ha asignado conforme a su sabiduría eterna.

Los conocimientos divinos también explican por qué la creación posee inteligibilidad. El ser humano puede conocer el mundo porque el universo ha sido creado por una Inteligencia infinita. El orden de la naturaleza no es fruto del desorden, sino expresión de la sabiduría eterna de Dios. Al estudiar la creación, el hombre descubre el reflejo del conocimiento divino que le dio origen.

Afirmo que el hombre participa de este conocimiento de manera muy limitada. Cuando diseña una casa, escribe un libro o fabrica una herramienta, primero conoce aquello que desea realizar y después lo ejecuta. Esta capacidad procede de haber sido creado a imagen de Dios. Sin embargo, el conocimiento humano es imperfecto, mientras que el conocimiento divino es absolutamente perfecto y eterno.

La Sagrada Escritura confirma constantemente esta verdad cuando afirma que Dios creó todas las cosas con sabiduría. Ninguna criatura quedó fuera de su conocimiento. Antes de que existiera el tiempo, Dios conocía perfectamente toda la historia de la creación y el lugar que cada ser ocuparía dentro de ella.

La contemplación de los conocimientos divinos conduce al hombre a admirar la infinita sabiduría del Creador. Cuanto más profundamente contempla el orden del universo, la armonía de la naturaleza y la admirable disposición de todas las criaturas creadas, tanto más reconoce que todo responde a un conocimiento eterno y perfectísimo que sólo puede pertenecer a Dios.

Los conocimientos divinos manifiestan igualmente la bondad del Creador. Dios no crea para satisfacer una necesidad propia, pues nada puede faltarle. Crea porque libremente quiere comunicar el bien a las criaturas creadas. Cada ser recibe la existencia conforme al designio sabio y amoroso que Dios ha establecido desde toda la eternidad.

Concluyo, por tanto, que los conocimientos existen verdaderamente en Dios como el conocimiento eterno, perfecto e inmutable que posee de todas las criaturas creadas posibles y de todas aquellas que libremente ha querido crear. Estos conocimientos no constituyen realidades distintas de Dios, sino que son el mismo entendimiento divino contemplando perfectamente toda la creación. Gracias a ellas comprendemos que el universo no procede del azar ni de la necesidad, sino de la infinita sabiduría del único Dios, que conoce eternamente todas las cosas y las crea conforme al designio perfecto de su inteligencia y de su voluntad, para manifestar su bondad, su verdad y su gloria por los siglos de los siglos.

SANTO TOMÁS DE AQUINO VERDAD REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

La verdad existe verdaderamente y tiene su origen en Dios. No depende de la opinión de los hombres, de las costumbres de una época ni del parecer de la mayoría. La verdad permanece siempre idéntica porque Dios es la Verdad misma. Todo cuanto es verdadero participa de aquella Verdad eterna que existe plenamente en el Creador.

La verdad consiste en la conformidad entre la razón y la realidad. Cuando la razón conoce las cosas tal como realmente son, posee la verdad. Cuando afirma algo contrario a la realidad, aparece el error. La verdad no cambia porque cambien nuestros pensamientos. Es la razón humana la que debe ajustarse a la realidad creada por Dios.

Toda verdad creada procede de Dios. Ninguna realidad puede ser verdadera por sí misma si antes no ha recibido el ser del Creador. Dios no solamente conoce toda verdad, sino que constituye el fundamento de toda verdad existente. Cuanto existe ha sido creado conforme a su sabiduría eterna y, por ello, posee una verdad propia que puede ser conocida por la inteligencia.

Las criaturas creadas son verdaderas porque responden fielmente al designio con el que Dios las ha creado. Un árbol es verdadero cuando posee la naturaleza que Dios le ha dado. Un ser humano es verdadero cuando existe conforme a la naturaleza con la que fue creado. Toda criatura manifiesta una verdad porque refleja realmente el pensamiento eterno de Dios que le concedió la existencia.

Dios conoce perfectamente todas las cosas porque Él mismo las ha creado. Su conocimiento no depende de observar el mundo ni de aprender mediante la experiencia. Las criaturas creadas son verdaderas porque corresponden al conocimiento eterno que Dios tiene de ellas. Antes de existir en el mundo, toda criatura era conocida perfectamente por Dios.

Dios es la Verdad primera. Toda otra verdad depende de Él. Así como toda luz visible procede en último término del sol, toda verdad procede del entendimiento divino. Ninguna inteligencia creada puede constituirse en fundamento absoluto de la verdad. Solamente Dios posee esta dignidad porque únicamente Él conoce todas las cosas con absoluta perfección.

El entendimiento humano puede alcanzar la verdad porque Dios lo ha creado capaz de conocer. La inteligencia del hombre no produce la verdad. La descubre. Cuando el hombre conoce correctamente la realidad creada por Dios, participa verdaderamente de la verdad. Por ello el conocimiento humano alcanza su perfección cuando busca sinceramente aquello que realmente es.

La verdad existe tanto en la razón como en las cosas, aunque de distinta manera. En Dios, la verdad consiste en que su inteligencia conoce perfectamente todas las cosas. En las criaturas creadas, la verdad consiste en corresponder al plan con el que Dios las creó. En el hombre, la verdad consiste en conocer correctamente esa realidad creada por Dios.

Toda verdad creada refleja, aunque de manera limitada, la Verdad infinita. La belleza de la creación, el orden del universo, la armonía de las leyes naturales y la rectitud de la ley moral manifiestan que todo procede de una inteligencia perfecta. Nada verdadero puede oponerse verdaderamente a Dios, porque toda verdad tiene en Él su origen.

Dios jamás puede equivocarse. El error aparece cuando la comprensión juzga de manera distinta a como realmente son las cosas. En Dios esto resulta imposible. Su conocimiento constituye la medida suprema de toda verdad. Todo cuanto Dios conoce coincide perfectamente con la realidad porque Él mismo es el Creador de cuanto existe.

La Sagrada Escritura es verdadera porque Dios es su autor principal. Al revelar su palabra, Dios no puede enseñar el error. Todo cuanto Dios comunica para nuestra salvación posee verdad absoluta. La Revelación divina ilumina la razón humana y la conduce hacia verdades que jamás habría podido descubrir únicamente mediante sus propias fuerzas.

Nuestro Señor Jesucristo manifestó plenamente esta realidad cuando afirmó: «Yo soy el camino, la verdad y la vida». Con estas palabras enseñó que la verdad no consiste solamente en un conjunto de afirmaciones correctas, sino que alcanza su plenitud en la Persona del Hijo de Dios, que revela perfectamente al Padre y conduce a los hombres hacia la salvación.

La verdad nunca puede contradecir a la verdad. Dios es autor tanto de la creación como de la Revelación. Por ello, la verdad descubierta rectamente mediante la razón y la verdad enseñada por Dios jamás pueden estar realmente enfrentadas. Si parece existir contradicción, el error no se encuentra en Dios, sino en la comprensión imperfecta del hombre.

Toda mentira constituye un alejamiento de la verdad. Quien miente pretende presentar como verdadero aquello que sabe que no corresponde a la verdad. La mentira contradice la naturaleza misma de Dios, porque Dios jamás puede engañar ni ser engañado. Toda verdad acerca de Dios conduce al hombre hacia la luz; toda mentira lo aparta de ella.

La contemplación de la verdad fortalece la vida espiritual. Cuanto más conoce el hombre la verdad acerca de Dios, de sí mismo y de la creación, tanto más puede orientar correctamente su vida. La ignorancia y el error oscurecen la inteligencia; la verdad la ilumina y la dirige hacia el bien.

Toda búsqueda sincera de la verdad conduce finalmente hacia Dios. Aunque muchas personas comiencen estudiando las criaturas creadas, la contemplación del orden, de la belleza y de la armonía del universo conduce naturalmente al reconocimiento del Creador. Toda verdad auténtica señala, de una u otra manera, a Aquel que es la Verdad primera.

La visión beatífica constituye la plenitud del conocimiento de la verdad. En esta vida conocemos muchas verdades de manera parcial e imperfecta. En la gloria, Dios concede a los bienaventurados contemplar directamente su esencia. Allí desaparece toda oscuridad y el alma participa plenamente de la contemplación de la Verdad eterna.

La verdad divina permanece siempre idéntica. No envejece, no cambia y no puede ser modificada por el paso del tiempo. Las opiniones humanas nacen y desaparecen, pero la verdad de Dios permanece para siempre porque se identifica con su propio ser eterno e inmutable.

Concluyo, que toda verdad procede de Dios, porque Él es la Verdad primera, eterna, infinita e inmutable. Las criaturas creadas son verdaderas porque responden al designio con el que Dios las creó, y la razón humana alcanza la verdad cuando conoce la realidad tal como Dios la ha dispuesto. La Revelación perfecciona este conocimiento mostrando las verdades necesarias para la salvación, y la visión beatífica constituye el cumplimiento definitivo de todo deseo de conocer. Así, la verdad encuentra en Dios su origen, su fundamento, su plenitud y su fin, porque Él mismo es la Verdad subsistente, de quien procede toda luz para la inteligencia y toda certeza para la fe, digno de ser conocido, amado y glorificado por los siglos de los siglos.

SANTO TOMÁS DE AQUINO FALSEDAD REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

La falsedad no posee existencia propia como si fuera una realidad creada por Dios. La falsedad aparece cuando el entendimiento o el lenguaje dejan de corresponder con la realidad. Del mismo modo que la oscuridad no constituye una sustancia, sino ausencia de luz, la falsedad no constituye una realidad positiva, sino la falta de verdad allí donde debería encontrarse.

Dios no puede ser causa de la falsedad, porque Él es la Verdad misma. Todo cuanto Dios conoce es verdadero, todo cuanto Dios revela es verdadero y todo cuanto Dios realiza manifiesta la perfección de su sabiduría. La falsedad nunca puede tener su origen en Aquel cuya naturaleza consiste en ser la Verdad eterna e infinita.

La falsedad se encuentra principalmente en el entendimiento cuando éste juzga las cosas de manera distinta a como realmente son. Mientras el entendimiento conoce correctamente la realidad, permanece en la verdad. Cuando afirma como verdadero aquello que no corresponde a la realidad, incurre en el error y aparece la falsedad.

Las cosas creadas, consideradas en sí mismas, no son falsas. Toda criatura ha sido creada por Dios conforme a su sabiduría eterna y responde al designio con el que recibió la existencia. Un árbol es verdaderamente un árbol; una piedra es verdaderamente una piedra; un ser humano es verdaderamente un ser humano. La falsedad no pertenece a la naturaleza de las cosas, sino al juicio equivocado que el entendimiento puede formular acerca de ellas.

Sin embargo, una cosa puede llamarse falsa en sentido derivado cuando induce fácilmente al error por su semejanza con otra. Así hablamos de oro falso, de una moneda falsa o de un testigo falso. No porque la cosa posea una naturaleza distinta de la que realmente tiene, sino porque produce una apariencia que puede llevar al entendimiento a emitir un juicio equivocado.

El entendimiento humano puede equivocarse porque es limitado. Aprende poco a poco, razona, compara y muchas veces carece de toda la información necesaria para emitir un juicio correcto. Por ello puede caer en el error. Esta posibilidad no constituye un defecto de la verdad, sino una consecuencia de la limitación propia de toda inteligencia creada.

Dios, por el contrario, jamás puede equivocarse. Su conocimiento es absolutamente perfecto. Nada permanece oculto para Él. Ninguna apariencia puede confundirle. Ninguna circunstancia puede alterar su juicio. Toda la realidad permanece eternamente presente ante su inteligencia infinita, de modo que en Dios resulta absolutamente imposible cualquier forma de falsedad.

Los sentidos, considerados en sí mismos, no son falsos. El ojo ve los colores, el oído percibe los sonidos y los demás sentidos reciben aquello que les corresponde percibir. El error aparece cuando el entendimiento interpreta de manera incorrecta aquello que los sentidos le presentan, o cuando las circunstancias dificultan una percepción adecuada.

Por esta razón, no debe atribuirse la falsedad a la creación de Dios, sino al uso imperfecto que el hombre hace de sus facultades. Dios creó al hombre con inteligencia capaz de alcanzar la verdad. Sin embargo, esta inteligencia necesita razonar cuidadosamente, evitar los juicios precipitados y buscar siempre la conformidad con la realidad.

La imaginación puede presentar imágenes que no corresponden exactamente con la realidad. Durante los sueños, en ciertos estados de enfermedad o mediante la fantasía, el hombre puede representar interiormente cosas inexistentes. No por ello la imaginación constituye la falsedad. La falsedad aparece únicamente cuando el entendimiento acepta como verdadera una representación que no corresponde a la realidad.

La mentira constituye una forma particular de falsedad moral. No basta que una afirmación sea objetivamente falsa. Existe mentira cuando una persona afirma deliberadamente como verdadero aquello que sabe que es falso con intención de engañar. La mentira pertenece al acto voluntario del hombre y contradice directamente la verdad que Dios ama.

Dios jamás puede mentir. La Sagrada Escritura enseña claramente que Dios es fiel y que en Él no existe engaño alguno. Todo cuanto Dios promete se cumple. Toda palabra pronunciada por Dios manifiesta perfectamente la verdad. Su fidelidad permanece eterna porque brota de su naturaleza inmutable.

Los ángeles buenos permanecen en la verdad porque contemplan y sirven a Dios. Los ángeles caídos, en cambio, introdujeron la mentira al apartarse libremente de la verdad divina. El demonio recibe justamente el nombre de padre de la mentira porque busca apartar al hombre del conocimiento de Dios mediante el engaño.

La falsedad nunca puede destruir la verdad. Un error humano no modifica la realidad creada por Dios. Si un hombre afirma que el sol no existe, el sol continúa existiendo. Del mismo modo, si alguien niega la existencia de Dios, Dios permanece siendo el mismo Ser eterno, infinito e inmutable. La verdad depende de la realidad y no de las opiniones humanas.

Toda búsqueda sincera de la verdad exige humildad. Quien reconoce los límites de su inteligencia está mejor dispuesto para corregir sus errores y acercarse a la verdad. La soberbia, por el contrario, inclina al hombre a mantenerse en el error incluso cuando la verdad se manifiesta claramente.

La gracia de Dios ilumina el entendimiento para que pueda conocer con mayor claridad la verdad revelada. Aunque la razón humana posee capacidad natural para conocer muchas verdades, la Revelación comunica aquellas realidades necesarias para la salvación que superan las fuerzas de la inteligencia creada. Rechazar deliberadamente esta luz conduce al oscurecimiento del entendimiento.

La contemplación de la verdad fortalece el alma y la aparta de la falsedad. Cuanto más profundamente conoce el hombre a Dios, más fácilmente distingue entre la verdad y el error. La oración, el estudio de la Sagrada Escritura y la enseñanza fiel de la Iglesia ayudan a conservar el entendimiento unido a la verdad divina.

En la visión beatífica desaparecerá toda posibilidad de falsedad. Los bienaventurados contemplarán directamente a Dios, que es la Verdad misma. Allí no existirá ignorancia, error ni engaño, porque la inteligencia será plenamente iluminada por la luz de gloria y participará del conocimiento que Dios quiera comunicarle.

Concluyo, por tanto, que la falsedad no posee existencia propia ni procede de Dios. Surge cuando el entendimiento o el lenguaje dejan de conformarse con la realidad. Las criaturas creadas, en cuanto creadas por Dios, son verdaderas; el error pertenece al juicio imperfecto de la inteligencia creada y la mentira al uso desordenado de la voluntad. Dios permanece eternamente libre de toda falsedad porque Él es la Verdad subsistente, cuya ciencia jamás puede errar, cuya palabra jamás puede engañar y cuya fidelidad permanece inmutable por los siglos de los siglos.

SANTO TOMÁS DE AQUINO VIDA REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

Dios vive de la manera más perfecta que puede existir. La vida pertenece principalmente a aquellos seres que obran por sí mismos y no son movidos únicamente por otro. Cuanto más perfecta es una realidad en su modo de obrar, tanto más perfecta es también su vida. Como Dios posee el grado supremo de perfección, en Él existe la vida en su plenitud absoluta.

La vida de Dios no se parece a la vida de las criaturas creadas. Los hombres, los animales y las plantas viven porque han recibido la vida de otro. Su vida comenzó en un determinado momento y terminará o se transformará según la condición propia de cada criatura. Dios, por el contrario, no recibió la vida de nadie. Él vive por Sí mismo desde toda la eternidad. Nunca comenzó a vivir y jamás dejará de vivir.

Dios no solamente posee vida, sino que Él mismo es la Vida. En Dios no existe diferencia entre su ser, su existencia, su inteligencia, su voluntad y su vida. Todo cuanto existe en Dios es una misma realidad absolutamente simple. Por ello, cuando Dios vive, no describe una cualidad añadida a su naturaleza, sino su misma esencia eterna.

La vida divina consiste principalmente en el acto perfectísimo del entendimiento y de la voluntad. Dios se conoce perfectamente a Sí mismo y se ama con un amor infinito. Este conocimiento y este amor no cambian jamás, no aumentan ni disminuyen, porque pertenecen a su naturaleza eterna e inmutable.

Cuanto más perfecto es el conocimiento de un ser, tanto más perfecta es también su vida. Las plantas viven, pero no conocen. Los animales viven y conocen mediante los sentidos. El hombre vive, conoce con inteligencia y ama libremente. Dios posee el conocimiento absolutamente perfecto y, por ello, posee también la vida absolutamente perfecta.

La vida divina es completamente independiente. Ninguna criatura sostiene la existencia de Dios. Ninguna realidad exterior alimenta su vida ni la conserva. Toda criatura necesita continuamente del poder creador para existir; Dios, en cambio, existe por Sí mismo y constituye la fuente de toda vida creada.

La vida de Dios es absolutamente inmutable. Las criaturas creadas experimentan nacimiento, crecimiento, madurez y envejecimiento. Sus fuerzas cambian con el paso del tiempo. Dios jamás experimenta modificación alguna. Su vida permanece eternamente perfecta, sin aumento, sin disminución y sin alteración.

La eternidad de Dios manifiesta la perfección de su vida. Como Dios es eterno, su vida no transcurre de un instante a otro. No existe en Él pasado que haya dejado de ser ni futuro que todavía no exista. Toda su vida permanece en un eterno presente, plenamente poseída y perfectamente vivida desde toda la eternidad.

La vida divina es infinita. Ninguna limitación puede encontrarse en ella. Toda vida creada participa de la vida según la medida que Dios le concede. Sólo Dios posee la plenitud infinita de la vida. Ninguna criatura puede igualar esta perfección ni participar de ella por naturaleza.

Toda vida creada procede de Dios. Las plantas crecen porque Dios les comunica la vida vegetal. Los animales viven porque Dios les concede la vida sensible. El hombre vive porque Dios le ha dado una naturaleza racional y un alma espiritual. Los ángeles viven porque Dios los creó como espíritus inteligentes. Ninguna forma de vida existe independientemente del Creador.

Dios conserva continuamente toda vida creada. No basta que haya dado la existencia al comienzo de la creación. Si Dios dejara un solo instante de comunicar el ser a las criaturas creadas, todas volverían inmediatamente a la nada. La permanencia de toda vida depende constantemente de la acción conservadora de Dios.

La vida divina manifiesta también la perfección de la Providencia. Dios conoce perfectamente todas las criaturas creadas vivientes y gobierna cada una conforme a su sabiduría. Ningún ser vivo queda fuera de su cuidado. Desde los más poderosos hasta los más pequeños, todos dependen continuamente de la voluntad del Creador.

La Sagrada Escritura llama repetidamente a Dios «Dios vivo». Este nombre manifiesta que Dios no es una fuerza impersonal, una realidad inerte o un principio abstracto. Él conoce, ama, gobierna, actúa y sostiene continuamente cuanto existe. Su vida es infinitamente superior a toda forma de vida creada.

La vida divina constituye el fundamento de toda la esperanza cristiana. Porque Dios vive eternamente, también puede comunicar la vida eterna a quienes permanecen unidos a Él. La vida sobrenatural que comienza por la gracia encuentra su plenitud definitiva en la gloria del Cielo.

Nuestro Señor Jesucristo manifestó esta verdad cuando afirmó: «Yo soy la vida». En Él contemplamos perfectamente la vida divina comunicada a la naturaleza humana mediante el misterio de la Encarnación. Cristo posee verdaderamente la misma vida eterna del Padre y la comunica a quienes creen en Él y permanecen en su gracia.

La vida eterna prometida a los bienaventurados no significa que el hombre llegue a poseer por naturaleza la misma vida infinita de Dios. Significa que Dios concede gratuitamente participar de su propia vida mediante la visión beatífica y la comunión perfecta con Él. Esta participación es un don de la gracia y no una transformación de la naturaleza humana en naturaleza divina.

Toda verdadera felicidad consiste en participar de la vida de Dios. Ningún bien temporal puede encantar plenamente el corazón humano. Las riquezas, los honores, el poder y los placeres son limitados y pasajeros. Sólo la unión con el Dios vivo puede colmar definitivamente el deseo de felicidad para el cual fue creada el alma humana.

La contemplación de la vida divina mueve al hombre a la adoración y a la confianza. Dios nunca deja de vivir, nunca se cansa, nunca pierde poder, nunca disminuye su sabiduría ni deja de amar a quienes ha creado. Su vida permanece eternamente perfecta y constituye el fundamento seguro de toda esperanza.

Toda perfección vital observada en las criaturas creadas refleja de manera limitada la vida infinita del Creador. La fuerza de un árbol, la actividad de los animales, la inteligencia humana y la santidad de los ángeles manifiestan, cada una según su propia condición, una participación creada de aquella Vida que existe plenamente sólo en Dios.

Concluyo, por tanto, que Dios vive con una vida absolutamente perfecta, eterna, infinita, inmutable y plenamente subsistente. Él no solamente posee vida, sino que es la Vida misma. Toda criatura recibe de Él la existencia y toda forma de vida, permaneciendo continuamente sostenida por su poder creador. La vida divina constituye el origen, la conservación y el fin de toda vida creada, y la participación eterna en esta vida por la visión beatífica es la felicidad suprema para la que Dios creó al hombre. Así, toda la creación proclama que únicamente Dios es el Viviente por excelencia, fuente inagotable de toda vida, digno de toda adoración, amor y gloria por los siglos de los siglos.

SANTO TOMÁS DE AQUINO VOLUNTAD REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

En Dios existe voluntad de la manera más perfecta que puede existir. La voluntad acompaña necesariamente al entendimiento. Allí donde existe un conocimiento perfecto del bien, existe también una voluntad perfectísima que ama ese bien. Como Dios posee el conocimiento absolutamente perfecto de Sí mismo y de todas las cosas, posee igualmente una voluntad infinita, eterna e inmutable.

La voluntad de Dios no es una facultad distinta de su ser. En Dios no existe composición alguna. Su voluntad no constituye una parte de su naturaleza ni una cualidad añadida a ella. Todo cuanto existe en Dios es Dios mismo. Por ello, su voluntad es idéntica a su esencia, a su inteligencia, a su bondad, a su vida y a su ser eterno.

El primer objeto de la voluntad divina es Dios mismo. Dios se conoce perfectamente y, al contemplar su infinita bondad, se ama con un amor absolutamente perfecto. Este amor no comienza, no aumenta ni disminuye, porque pertenece a la perfección eterna de su naturaleza.

Dios ama necesariamente su propia bondad. No puede dejar de amarse, porque Él es el Bien supremo e infinito. Amar el bien perfecto pertenece necesariamente a su naturaleza. Sin embargo, fuera de Sí mismo, Dios no ama por necesidad, sino por una decisión absolutamente libre de su voluntad.

Dios quiso libremente crear el universo. Nada podía obligarlo a crear. Antes de la creación Dios poseía ya toda perfección y toda felicidad. No necesitaba criatura alguna para aumentar su gloria ni para completar su felicidad. La creación nació únicamente de la libre voluntad de Dios, que quiso comunicar el bien a las criaturas creadas.

Todo cuanto Dios quiere lo quiere con infinita sabiduría. Su voluntad nunca actúa separada de su inteligencia. Dios jamás decide sin conocer perfectamente aquello que quiere. Del mismo modo, nunca conoce un bien sin quererlo conforme al orden perfectísimo de su sabiduría. En Dios no existe contradicción entre conocer y querer.

La voluntad divina permanece eternamente inmutable. Los hombres cambian de opinión porque adquieren nuevos conocimientos, olvidan, se equivocan o modifican sus circunstancias. Dios jamás necesita cambiar su voluntad, porque desde toda la eternidad conoce perfectamente todas las cosas. Ningún acontecimiento puede sorprenderle ni obligarlo a rectificar sus designios.

Todo cuanto Dios quiere se realiza conforme a su voluntad. Ninguna criatura puede frustrar los designios del Creador. Aunque Dios permita que las criaturas creadas racionales actúen libremente, incluso esas acciones permanecen bajo el gobierno de su Providencia, que ordena todas las cosas hacia el bien que Él ha dispuesto.

Dios quiere principalmente su propia gloria. No porque necesite recibir honor de las criaturas creadas, sino porque su gloria consiste en la manifestación de su infinita perfección. Al crear el universo y conducir la historia de la salvación, Dios manifiesta su bondad, su sabiduría, su justicia, su misericordia y su poder.

Dios quiere el bien de las criaturas creadas. Todo cuanto crea lo crea bueno. Toda existencia constituye un bien recibido de Dios. Ninguna criatura existe porque Dios quiera su mal. Si permite ciertos males, lo hace únicamente porque, con su sabiduría infinita, sabe obtener de ellos un bien mayor conforme a su Providencia.

La voluntad divina constituye el fundamento de toda la creación. Nada existe por azar. Nada aparece sin haber sido querido o permitido por Dios. Desde el más pequeño de los seres hasta el conjunto del universo, todo depende de la voluntad eterna del Creador.

Afirmo que Dios quiere de manera distinta diversos bienes. Algunas cosas las quiere como fin supremo, especialmente su propia gloria. Otras las quiere como medios ordenados a ese fin. Toda la creación posee un orden perfecto porque la voluntad divina dispone cada realidad conforme al lugar que le corresponde dentro del conjunto del universo.

La voluntad de Dios es universal. Abraza cuanto existe. Ningún acontecimiento escapa a ella. Dios conoce y gobierna todas las criaturas creadas visibles e invisibles, grandes y pequeñas. Nada sucede fuera de su conocimiento y de su Providencia.

Dios quiere la salvación de los hombres conforme al orden de su justicia y de su misericordia. Ha dispuesto los medios necesarios para conducir a la humanidad hacia la vida eterna mediante la gracia, la fe, los sacramentos y la obediencia a su voluntad revelada. Nadie puede alcanzar la salvación sin el auxilio que Dios concede gratuitamente.

La Sagrada Escritura manifiesta constantemente la bondad de la voluntad divina. Dios llama al hombre a cumplir sus mandamientos no para limitar su libertad, sino para conducirlo hacia el bien verdadero y hacia la felicidad eterna. La ley divina constituye una expresión de la sabiduría y del amor con que Dios gobierna a sus criaturas creadas.

La voluntad divina es siempre eficaz. Lo que Dios quiere absolutamente no puede dejar de cumplirse. Ninguna fuerza creada posee poder suficiente para impedir aquello que Dios ha dispuesto realizar. Su omnipotencia garantiza el cumplimiento de todos sus designios eternos.

Debe distinguirse, sin embargo, entre aquello que Dios quiere realizar directamente y aquello que permite libremente dentro del orden de su Providencia. Dios nunca quiere el pecado como un bien. El pecado nace del uso desordenado de la libertad creada. No obstante, Dios permite esa libertad porque ha querido crear seres capaces de amarle libremente, y porque es tan poderoso y sabio que puede ordenar incluso los males permitidos hacia bienes mayores sin ser jamás autor del pecado.

La voluntad divina constituye también el fundamento de la ley moral. El bien no depende del capricho humano ni de las costumbres cambiantes de las sociedades. El bien consiste en aquello que corresponde al orden querido por Dios. La ley eterna permanece como medida suprema de toda rectitud moral.

Nuestro Señor Jesucristo manifestó perfectamente la voluntad del Padre durante toda su vida terrena. En todas sus obras buscó cumplir plenamente el designio divino. Por ello enseñó a sus discípulos a orar diciendo: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». Con estas palabras mostró que la verdadera perfección del hombre consiste en conformar libremente su voluntad con la voluntad santísima de Dios.

Los bienaventurados participan plenamente de esta conformidad. En la visión beatífica aman cuanto Dios ama y quieren cuanto Dios quiere, no porque pierdan su libertad, sino porque contemplan perfectamente el Bien supremo y permanecen unidos a Él por un amor perfecto que excluye toda posibilidad de apartarse del bien.

La contemplación de la voluntad divina fortalece la confianza del hombre. Dios nunca quiere el mal moral, nunca obra injustamente, nunca actúa con arbitrariedad y jamás deja de gobernar el universo con infinita sabiduría. Todo cuanto dispone o permite responde a un orden perfecto que supera frecuentemente la comprensión limitada del entendimiento humano.

Concluyo, por tanto, que la voluntad de Dios es eterna, infinita, perfectísima, libre, inmutable y absolutamente buena. Dios se ama necesariamente a Sí mismo como Bien supremo y quiere libremente toda la creación para comunicar su bondad y manifestar su gloria. Toda criatura existe porque ha sido querida o permitida conforme a su sabiduría eterna, y toda la historia del universo permanece gobernada por esta voluntad soberana, que jamás puede equivocarse, cambiar o frustrarse. Así, la voluntad divina constituye el principio del orden de la creación, el fundamento de la Providencia, la fuente de toda ley, el origen de la salvación y el fin último hacia el cual deben dirigirse libremente todas las criaturas creadas racionales, para gloria del único Dios verdadero por los siglos de los siglos.

SANTO TOMÁS DE AQUINO INFOGRAFÍA IDEAS - VOLUNTAD.

16_20_staq

SANTO TOMÁS DE AQUINO AMOR REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

Dios ama verdaderamente. El amor no constituye una perfección añadida a su naturaleza, sino que pertenece a lo que Dios es desde toda la eternidad. Su amor es infinito, perfecto, eterno e inmutable. Nunca comenzó a amar, nunca dejará de amar y nunca experimenta cambio alguno, porque en Él no existe mutación ni imperfección. Cuanto existe en Dios es Dios mismo. Su amor es Dios; su bondad es Dios; su sabiduría es Dios; su poder es Dios; su justicia es Dios. Todas estas perfecciones permanecen inseparablemente unidas en la simplicidad de la naturaleza divina.

Amar consiste en querer el bien. Dios, que es el Bien supremo, quiere siempre el bien de cuanto ha creado. Todo cuanto realiza manifiesta este amor eterno. La creación del universo, la conservación de las criaturas, el gobierno de la providencia, la comunicación de la gracia, la misericordia, la justicia y la obra de la salvación tienen un único origen y principio: el amor infinito con el que Dios obra desde toda la eternidad.

El amor de Dios es distinto del amor que suele encontrarse entre los hombres. Muchas veces los hombres aman porque descubren primero algún bien en otra persona. En Dios sucede lo contrario. Ninguna criatura posee previamente un bien capaz de mover a Dios a amarla. Dios ama primero y, por ese amor, comunica todos los bienes que las criaturas reciben. Toda bondad creada nace del amor divino y permanece continuamente sostenida por Él.

Toda criatura existe porque ha sido amada por Dios. Antes de la creación no existía ningún bien creado. Fue el amor del Creador el que quiso comunicar la existencia a cuanto hoy existe. Ninguna criatura se dio el ser a sí misma ni puede conservarlo por sus propias fuerzas. Dios sostiene continuamente toda la creación mediante el mismo amor con el que libremente quiso crearla desde el principio.

Dios ama a los ángeles, ama a los hombres y ama toda la creación. Sin embargo, no comunica idénticos dones a todas las criaturas. A unas concede mayores perfecciones y a otras bienes diferentes, conforme al orden establecido por su infinita sabiduría. Esta diversidad no manifiesta injusticia, sino la riqueza y la armonía del universo querido por Dios.

Cuando unas criaturas reciben mayores bienes que otras, debe entenderse que Dios manifiesta en ellas una mayor comunicación de su amor. El amor divino no cambia ni aumenta, pero produce diversos efectos conforme al designio eterno del Creador. Cuanto mayor es el bien recibido, mayor es la manifestación del amor con el que Dios ha querido enriquecer a aquella criatura.

Toda virtud, toda gracia, toda santidad y toda perfección proceden primeramente de Dios. Los méritos hacia Dios son posibles porque antes ha concedido los dones necesarios para realizarlos. Todo comienza en el amor divino y todo permanece sostenido por ese mismo amor.

El amor de Dios nunca se separa de su justicia, de su misericordia, de su providencia ni de ninguna otra perfección divina. Cuando gobierna el universo, cuando corrige al pecador, cuando perdona al arrepentido, cuando fortalece a los justos o cuando conduce a los fieles hacia la vida eterna, siempre obra movido por un mismo amor eterno que jamás puede disminuir ni alterarse.

Toda la historia de la salvación manifiesta este amor. Dios llama constantemente a las personas hacia la comunión con Él, concede su gracia para perseverar en el bien, sostiene a quienes permanecen fieles y prepara desde toda la eternidad la participación en la vida bienaventurada. Nada de cuanto realiza deja de manifestar su deseo de comunicar su bondad a las criaturas racionales.

El hombre ha sido creado para responder libremente a este amor divino. La verdadera vida consiste en amar a Dios sobre todas las cosas y ordenar toda la existencia conforme a su santa voluntad. Cuanto más permanece una persona unida a Dios mediante la gracia, tanto más participa del amor con el que Dios la sostiene y la conduce hacia su fin último.

Ningún bien temporal puede llenar plenamente el corazón humano. Las riquezas, los honores, el poder y todos los bienes de este mundo son limitados y pasajeros. Solamente Dios constituye el Bien supremo capaz de satisfacer completamente el deseo del hombre, porque únicamente en Él existe la plenitud infinita del amor y de toda perfección. Quien permanece unido a Dios encuentra el verdadero descanso para el cual fue creado.

La Sagrada Escritura manifiesta constantemente este amor divino. Desde la creación del mundo hasta la plenitud de la obra redentora realizada por nuestro Señor Jesucristo, aparece siempre el mismo Dios que llama, guía, protege, perdona, fortalece y conduce hacia la vida eterna. Toda la Revelación constituye una manifestación continua del amor con el que Dios busca la salvación de quienes permanecen fieles a Él.

Concluyo, por tanto, que el amor constituye el principio de todas las obras de Dios. Él crea, conserva, gobierna, concede la gracia, corrige y conduce a los fieles hacia la bienaventuranza eterna por amor. Toda criatura procede de Dios, permanece sostenida por Dios y alcanza su perfección únicamente en el amor de Dios. Este amor es infinito, eterno, perfecto e inmutable, y manifiesta la infinita bondad del único Dios verdadero, digno de toda adoración, de todo amor y de toda gloria por los siglos de los siglos.

SANTO TOMÁS DE AQUINO JUSTO Y MISERICORDIOSO REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

Dios es infinitamente justo e infinitamente misericordioso. Estas perfecciones no se oponen ni pueden separarse, porque pertenecen a la misma naturaleza divina. Cuanto existe en Dios es Dios mismo. Su justicia es Dios; su misericordia es Dios; su bondad es Dios; su sabiduría es Dios; su poder es Dios. Debido a esta absoluta simplicidad, todas sus obras manifiestan siempre una perfecta armonía entre justicia y misericordia.

La justicia divina nace de la perfección misma de Dios. Él obra siempre conforme a la verdad y al orden eterno de su sabiduría. Nada realiza sin causa, nada dispone sin razón y nada acontece fuera de su providencia. Todo cuanto Dios quiere y realiza responde al bien perfecto, porque su voluntad jamás puede apartarse de su infinita bondad.

Todo cuanto existe procede del Creador. La existencia, la vida, la inteligencia, la gracia y toda perfección creada han sido recibidas de Él.

Cada criatura recibe aquello que corresponde al lugar que ocupa dentro del universo querido por Dios. La diversidad de dones, capacidades y misiones no manifiesta desigualdad injusta, sino la riqueza del admirable orden de la creación. Así como en el cuerpo existen diversos miembros que cooperan para un mismo bien, también toda la creación manifiesta una armonía establecida por la justicia divina.

La misericordia tampoco debe entenderse como una emoción semejante a la experimentada por los hombres. Dios nunca cambia, nunca pasa de la tristeza al consuelo ni experimenta alteraciones propias de la condición humana. Su misericordia consiste en comunicar abundantemente el bien, llevando a las criaturas hacia la plenitud para la cual han sido creadas.

Toda comunicación de bienes manifiesta la misericordia divina. Cuando Dios concede la existencia, cuando conserva la vida, cuando sostiene a las criaturas, cuando fortalece a los débiles, cuando concede la gracia, cuando perdona al pecador arrepentido y cuando conduce a los fieles hacia la vida eterna, manifiesta continuamente la abundancia de su infinita misericordia. Ningún bien verdadero puede existir sin proceder previamente de Dios.

La misericordia no destruye la justicia, sino que la lleva a su mayor perfección. Toda obra misericordiosa de Dios permanece plenamente ordenada por su justicia, y toda obra de justicia se encuentra penetrada por su misericordia. Nunca juzga sin amor, ni ama dejando de ser justo. Ambas perfecciones resplandecen inseparablemente en todas sus acciones, porque brotan de una misma e infinita perfección divina.

La creación entera manifiesta esta admirable unión. El universo posee un orden perfecto. Todo cuanto existe ha sido querido libremente por Dios, que comunica el ser por pura bondad y sostiene continuamente la creación mediante su providencia.

También la historia de la salvación manifiesta constantemente estas dos perfecciones divinas: justicia y misericordia. Dios llama al hombre hacia la conversión, concede los auxilios necesarios para perseverar en el bien, corrige con amor a quienes se apartan de su voluntad, fortalece a quienes permanecen fieles y promete la gloria eterna a quienes perseveran hasta el final. Toda esta obra salvadora manifiesta una justicia perfecta iluminada por una misericordia infinita.

En la vida de las personas Dios no abandona jamás a quienes ha creado. Incluso aquello que resulta difícil puede convertirse, bajo el gobierno de la providencia divina, en camino de purificación, crecimiento espiritual y mayor unión con Él. La justicia mantiene el orden del bien y la misericordia conduce siempre a la salvación de quienes permanecen abiertos a la gracia de Dios.

La Sagrada Escritura proclama constantemente que Dios es justo en todos sus caminos y misericordioso en todas sus obras. Desde el comienzo de la Revelación hasta su cumplimiento en Jesucristo, aparece el mismo Dios que premia el bien, corrige el pecado, perdona al arrepentido, sostiene a su pueblo y permanece fiel a todas sus promesas. Nunca abandona a quienes ponen en Él su esperanza.

Toda criatura encuentra seguridad en estas perfecciones divinas. La justicia garantiza que Dios gobierna el universo con orden perfecto; la misericordia asegura que jamás deja de comunicar los bienes necesarios para conducir a las personas hacia la vida eterna. Ninguna de las dos puede comprenderse separadamente, porque ambas manifiestan la infinita bondad del único Dios verdadero.

Concluyo, Dios es infinitamente justo e infinitamente misericordioso. Toda la creación, toda la providencia y toda la historia de la salvación manifiestan estas perfecciones inseparables. La justicia divina establece el orden perfecto de todas las cosas; la misericordia divina comunica los bienes que conducen a la plenitud de la vida. Ambas proceden del amor eterno de Dios, que gobierna el universo con infinita sabiduría y conduce a quienes permanecen fieles hacia la participación eterna de su gloria, donde resplandecen para siempre su justicia, su misericordia y su infinita bondad.

SANTO TOMÁS DE AQUINO PROVIDENCIA REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

No solamente creó todas las cosas, sino que continúa gobernándolas, conservándolas y ordenándolas con infinita sabiduría hacia el fin para el cual fueron creadas. Nada existe fuera de su conocimiento, nada permanece fuera de su poder y nada acontece al margen de su gobierno. Toda la creación depende continuamente de la providencia divina.

La providencia nace de la sabiduría de Dios. Antes de la creación del mundo conocía perfectamente cuanto habría de existir y dispuso desde toda la eternidad el orden por el cual cada criatura alcanzaría el fin que le corresponde. En Dios no existe ignorancia, incertidumbre ni cambio de decisión. Su conocimiento es eterno, perfecto e inmutable, y por ello también lo es su providencia.

Así como un sabio gobernante ordena cuanto pertenece al bien de su reino, así Dios, de manera infinitamente más perfecta, gobierna el universo entero. Ninguna criatura ha sido creada sin finalidad. Todas han recibido una naturaleza determinada, una misión propia y un lugar dentro del admirable orden establecido por el Creador. Todo cuanto existe manifiesta la perfección de este gobierno divino.

La providencia alcanza a todas las criaturas sin excepción. Dios gobierna a los ángeles, a los hombres y a toda la creación visible e invisible. No solamente dirige los grandes acontecimientos de la historia, sino también cuanto pertenece a la vida de cada criatura. Nada resulta demasiado pequeño para quedar fuera de su cuidado, porque todo cuanto existe ha recibido el ser de Él y permanece continuamente sostenido por su poder.

La conservación de las criaturas constituye una obra permanente de la providencia. Ningún ser creado puede conservar por sí mismo la existencia que ha recibido. Así como toda criatura comenzó a existir por la acción creadora de Dios, así también continúa existiendo porque Dios mantiene constantemente su ser. Si Dios retirara esta acción conservadora, toda la creación volvería inmediatamente a la nada de la que fue llamada a existir.

Dios ha querido que muchas criaturas cooperen entre sí para la realización del bien. Así unas sirven a otras conforme a la naturaleza recibida. Los padres cuidan de sus hijos, los maestros instruyen a sus discípulos, los gobernantes procuran el bien común y los pastores conducen al pueblo de Dios. En todas estas acciones permanece siempre Dios como causa primera y supremo gobernador del universo.

La diversidad de criaturas manifiesta la riqueza de la providencia divina. No todas reciben los mismos dones ni desempeñan la misma misión. Cada una participa del bien conforme al lugar que ocupa dentro del orden querido por Dios. Esta variedad no disminuye la perfección de la creación, sino que la hace más admirable, porque refleja de múltiples maneras la infinita bondad del Creador.

Muchas veces los hombres no comprenden plenamente los caminos de la providencia. La limitación propia de la inteligencia humana impide contemplar el conjunto del designio divino. Sin embargo, aquello que parece incomprensible para las criaturas permanece perfectamente ordenado por la sabiduría eterna de Dios. Ningún acontecimiento escapa a su gobierno ni altera el cumplimiento de su voluntad santa.

Todo bien recibido por las personas manifiesta la acción de la providencia. Cuando alguien encuentra ayuda en medio de la dificultad, recibe fortaleza para perseverar en el bien, alcanza el perdón de sus pecados o crece en la gracia de Dios, Dios continúa obrando mediante los instrumentos que libremente ha querido utilizar para conducir a sus criaturas hacia la salvación.

La historia de la salvación constituye la manifestación más perfecta de la providencia divina. Desde la creación del mundo hasta la plenitud de los tiempos, Dios guía a su pueblo, prepara la venida de Jesucristo, concede la gracia del Espíritu Santo y conduce continuamente a los fieles hacia la participación de la vida eterna. Todo responde al mismo designio eterno preparado desde antes de la creación del universo.

La providencia sostiene la esperanza de quienes permanecen unidos a Dios. Ninguna prueba, ninguna dificultad ni ningún sufrimiento escapan a su gobierno. Aun cuando las personas no alcancen a comprender plenamente cuanto sucede en esta vida, pueden confiar con absoluta certeza en que Dios conduce todas las cosas hacia el verdadero bien de quienes le aman y permanecen fieles a su voluntad.

La Sagrada Escritura proclama constantemente este gobierno universal de Dios. Él sostiene la creación, dirige la historia, alimenta a las criaturas, escucha las oraciones de los fieles y cumple infaliblemente todas sus promesas. Desde el comienzo de la Revelación hasta la consumación definitiva de la historia aparece siempre el mismo Dios providente, cuya sabiduría y cuyo poder gobiernan todas las cosas con perfecta bondad.

Concluyo, la providencia constituye el gobierno eterno, sabio y perfecto mediante el cual Dios conoce, conserva y dirige toda la creación hacia el fin que libremente le ha señalado. Nada existe fuera de su cuidado, nada permanece fuera de su poder y nada acontece al margen de su voluntad providente. Toda la creación manifiesta este admirable orden, toda la historia de la salvación confirma su cumplimiento y toda criatura encuentra seguridad bajo la providencia del único Dios verdadero, cuya sabiduría, bondad y poder conducen infaliblemente todas las cosas hacia la plenitud de su designio eterno.

SANTO TOMÁS DE AQUINO PREDESTINACIÓN REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

La predestinación pertenece verdaderamente a la providencia de Dios. Así Dios dispone desde toda la eternidad cuanto es necesario para conducir a determinadas personas hasta la participación de la vida eterna. Este designio no comienza en el tiempo ni cambia con el transcurso de los siglos, pues permanece eternamente en la inteligencia y en la voluntad de Dios.

Dios conoce desde toda la eternidad a quienes alcanzarán la gloria eterna. Su conocimiento es perfecto, infinito e inmutable. Nada permanece oculto ante Él, porque contempla simultáneamente toda la historia de la creación y toda la historia de la salvación. Lo que para los hombres pertenece al futuro, para Dios permanece siempre presente en su eterno conocimiento.

La predestinación nace de la infinita bondad de Dios.

La predestinación no comprende únicamente la gloria eterna como fin último, sino también todos los medios mediante los cuales Dios conduce a las personas hacia ese fin. La fe, la gracia santificante, el crecimiento en las virtudes, la perseverancia en el bien, el arrepentimiento de los pecados, la ayuda recibida durante la vida y la fidelidad hasta el último instante forman parte del mismo designio eterno dispuesto por Dios.

Nada de cuanto conduce verdaderamente a la salvación escapa a este gobierno providente. Así como un arquitecto prepara no solamente el edificio terminado sino también todos los medios necesarios para levantarlo, así Dios dispone desde toda la eternidad todo cuanto pertenece al camino de quienes llegarán a contemplar eternamente su gloria. Su providencia nunca improvisa, porque su sabiduría todo lo conoce y todo lo ordena perfectamente.

Las criaturas no poseen por sí mismas el origen de los bienes que las conducen hacia Dios. Toda gracia, toda fortaleza espiritual, toda perseverancia y toda santificación son dones recibidos Dios. Los méritos mismos que conducen a la vida eterna nacen de la gracia que Dios concede a quienes llama hacia Él.

La predestinación no destruye la libertad con la que Dios creó al hombre. Dios mueve a las personas conforme a la naturaleza que Él mismo les ha concedido, de manera que la respuesta libre forma parte del orden establecido por la providencia divina. Dios obra interiormente para que el hombre pueda querer el bien y permanecer fiel, sin destruir por ello la verdadera libertad de sus actos.

La misericordia y la justicia resplandecen también en la predestinación. La misericordia aparece porque toda la obra de la salvación constituye un bien recibido de Dios. La justicia permanece porque Dios jamás obra contra la verdad, nunca deja de recompensar el bien realizado por su gracia y nunca condena sino conforme al rectísimo juicio de su infinita sabiduría. Ambas perfecciones permanecen inseparablemente unidas en toda la economía de la salvación.

El conocimiento eterno de Dios acerca de quienes alcanzarán la gloria no convierte a Dios en autor del pecado ni del rechazo de las criaturas. Dios llama constantemente al bien, concede gracias suficientes para la conversión y manifiesta su voluntad salvadora. Cuando una persona rechaza libremente la gracia recibida, el desorden procede en la criatura y no de la infinita bondad de Dios, que permanece siempre santa y perfecta.

Ningún hombre puede conocer con absoluta certeza durante esta vida el contenido del designio eterno de Dios respecto de todas las personas. Este conocimiento pertenece únicamente a Dios. Por ello todos deben perseverar en la gracia, confiar plenamente en la misericordia divina y esforzarse constantemente por permanecer fieles a la voluntad revelada por Dios.

La oración, la práctica de las virtudes, la recepción de los sacramentos, la conversión continua y la perseverancia hasta el final no resultan inútiles por causa de la predestinación. Al contrario, forman parte de los medios establecidos por Dios para conducir a sus elegidos hacia la vida eterna. Quien permanece fiel coopera con la gracia que Dios le comunica abundantemente mediante en su providencia.

Toda la historia de la salvación manifiesta este admirable designio eterno. Desde la creación del mundo hasta la gloria celestial, Dios llama, sostiene, fortalece, santifica y conduce a quienes ha dispuesto hacer partícipes de su bienaventuranza. Nada puede impedir el cumplimiento de este designio, porque descansa sobre la infinita sabiduría, el poder omnipotente y la misericordia eterna del único Dios verdadero.

Concluyo, por tanto, que la predestinación constituye el designio eterno mediante el cual Dios, por su infinita bondad, sabiduría y misericordia, dispone tanto la gloria eterna como todos los medios necesarios para conducir a ella a quienes ha querido hacer partícipes de su vida. Toda la iniciativa permanece sostenida por su providencia. La predestinación manifiesta la perfección del gobierno divino y la certeza de que la historia de la salvación se desarrolla conforme al plan eterno de Dios, que conduce infaliblemente a sus fieles hacia la contemplación eterna de su gloria.

SANTO TOMÁS DE AQUINO LIBRO DE LA VIDA REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

La Sagrada Escritura utiliza la expresión Libro de la Vida para manifestar, de un modo accesible al entendimiento humano, que Dios conoce perfectamente a quienes alcanzarán la bienaventuranza eterna. Así como los hombres escriben los nombres de quienes pertenecen a una comunidad o reciben un honor, así la Revelación expresa mediante esta figura el conocimiento infalible que Dios posee acerca de quienes participarán para siempre de su gloria.

Este conocimiento divino permanece inseparablemente unido a la providencia y a la predestinación. Dios gobierna todas las cosas con infinita sabiduría y dispone desde toda la eternidad cuanto es necesario para conducir a los elegidos hacia la vida eterna. El Libro de la Vida manifiesta precisamente este designio eterno mediante el cual Dios conoce el término de toda la obra de la salvación.

Nada puede añadirse al conocimiento de Dios, porque jamás ha existido en Él ignorancia alguna. Los hombres escriben porque olvidan; Dios no olvida jamás. Los hombres adquieren conocimientos con el paso del tiempo; Dios posee desde toda la eternidad el conocimiento perfecto de todas las criaturas, de todas sus acciones y del destino definitivo de cada una según su providencia eterna.

La participación en la vida eterna constituye un don que procede enteramente de Dios. Nadie puede inscribir por sí mismo su nombre en el Libro de la Vida. Toda la obra de la salvación comienza en la misericordia divina. Dios llama, concede la gracia, fortalece a quienes permanecen fieles, sostiene su perseverancia y los conduce finalmente hacia la contemplación eterna de su gloria.

Cuando la Sagrada Escritura habla de nombres escritos o borrados del Libro de la Vida, utiliza un modo de expresarse adaptado a la comprensión de los hombres. No significa que Dios cambie de parecer ni que modifique su conocimiento eterno. En Dios no existe mutación alguna. Estas expresiones manifiestan cómo las personas aparecen ante los hombres según perseveran o se apartan del camino de la salvación, permaneciendo siempre inmutable el conocimiento divino.

El Libro de la Vida manifiesta también la fidelidad absoluta de Dios. Dios nunca abandona a quienes conduce por el camino de la salvación. Todo cuanto promete lo cumple con perfecta verdad. Ninguna de sus palabras deja de realizarse, porque su voluntad permanece eternamente unida a su infinita sabiduría, a su justicia y a su misericordia.

Los hombres no pueden conocer durante esta vida el contenido del Libro de la Vida. Este conocimiento pertenece únicamente a Dios. Por ello conviene perseverar humildemente en la gracia, permanecer fiel a la voluntad de Dios y esperar con firme confianza la recompensa prometida por Dios.

La oración, la conversión, la práctica de las virtudes y la perseverancia hasta el final forman parte del camino dispuesto por Dios para conducir a los fieles hacia la gloria eterna. Nada de ello resulta inútil. Todo pertenece al orden de la providencia mediante el cual Dios realiza su designio salvador en quienes permanecen unidos a Él.

Toda la historia de la salvación confirma esta verdad. Desde la creación del mundo hasta la entrada de los justos en la gloria eterna, Dios conduce con sabiduría infinita a quienes ha llamado. Los sostiene con su gracia, los fortalece en medio de las pruebas, los preserva mediante su providencia y los hace partícipes finalmente de la bienaventuranza preparada desde toda la eternidad.

El Libro de la Vida constituye que Dios conoce perfectamente a quienes permanecen en su amistad y jamás deja de acompañarlos con su gracia. Ninguna dificultad puede frustrar el cumplimiento de su designio eterno, porque todo permanece bajo el gobierno Dios, cuya voluntad es infinitamente sabia, justa y misericordiosa.

Concluyo, el Libro de la Vida manifiesta el conocimiento eterno, perfecto e inmutable con el que Dios conoce a quienes participarán de la vida eterna. No constituye un libro material, sino una expresión de la Sagrada Escritura que permite comprender la perfección del conocimiento divino y la certeza de su designio salvador. Toda la iniciativa pertenece a Dios, que llama, concede la gracia, sostiene mediante su providencia y conduce a sus fieles hasta la contemplación eterna de su gloria. Así resplandece la fidelidad del único Dios verdadero, cuya sabiduría, misericordia y amor permanecen para siempre y jamás pueden cambiar.

SANTO TOMÁS DE AQUINO PODER DE DIOS REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

Dios es verdaderamente omnipotente. Su poder es infinito, eterno, perfecto e inmutable. Ninguna criatura puede igualarlo ni limitarlo, porque toda existencia procede únicamente de Él. Cuanto existe en Dios es Dios mismo. Su poder es Dios; su sabiduría es Dios; su bondad es Dios; su justicia es Dios; su verdad es Dios. Debido a esta absoluta perfección, toda la creación depende continuamente de su poder soberano.

El poder divino pertenece a la misma naturaleza de Dios. No ha sido recibido de otro ni puede aumentar o disminuir. Dios posee desde toda la eternidad la plenitud absoluta del poder, porque es el Creador de todo cuanto existe. Ningún ser creado puede producir por sí mismo la existencia, pues únicamente Dios comunica el ser a todas las criaturas.

La creación manifiesta admirablemente la omnipotencia divina. Antes de que el universo existiera no había criatura alguna capaz de producirse a sí misma. Todo cuanto contemplan los hombres, tanto en el cielo como en la tierra, comenzó a existir únicamente porque Dios quiso comunicarle el ser. Ninguna realidad creada puede compararse con esta obra del poder divino.

La omnipotencia de Dios no terminó cuando creó el universo. Toda criatura permanece existiendo porque Dios continúa sosteniéndola mediante su acción conservadora. Si Dios retirara su poder conservador, todo volvería inmediatamente a la nada. Así como la creación depende de la omnipotencia divina para comenzar a existir, también depende de ella para permanecer en la existencia.

El poder de Dios gobierna igualmente toda la creación. Nada sucede fuera de su providencia. El movimiento de los astros, el orden de la naturaleza, el curso de la historia y cuanto acontece en la vida de las personas permanece bajo el gobierno del único Dios verdadero. Su poder nunca actúa separado de su sabiduría, sino que ordena todas las cosas hacia el bien querido desde toda la eternidad.

La omnipotencia divina jamás obra de manera contraria a la verdad ni a la perfección de Dios. Dios no deja de ser quien es. Nunca deja de ser verdadero, santo, justo o bueno. Tampoco convierte en verdadero aquello que por su propia naturaleza constituye una contradicción. La omnipotencia divina permanece eternamente inmutable.

Toda obra realizada por Dios manifiesta al mismo tiempo su poder, su sabiduría y su bondad. El universo no ha sido producido por una fuerza ciega ni por una necesidad inevitable. Todo ha sido creado libremente por la voluntad divina, conforme al orden perfecto conocido desde toda la eternidad. El poder de Dios obra siempre con infinita inteligencia y con perfecta bondad.

Dios ha querido servirse también de las criaturas para realizar muchas de sus obras. Los ángeles cumplen fielmente los ministerios que reciben Dios; los hombres cooperan con las misiones que Dios les encomienda; la naturaleza produce sus efectos conforme al orden establecido por el Creador. Sin embargo, toda eficacia procede finalmente del poder divino, que sostiene constantemente a las causas creadas y les concede obrar según su propia naturaleza.

Toda la historia de la salvación manifiesta la omnipotencia de Dios. La creación del universo, la conservación de todas las criaturas, la elección del pueblo de Israel, la Encarnación del Verbo, los milagros realizados por nuestro Señor Jesucristo, su gloriosa Resurrección y la comunicación de la gracia manifiestan continuamente la acción del poder divino, que conduce todas las cosas hacia la salvación preparada desde toda la eternidad.

La Sagrada Escritura proclama constantemente que nada resulta imposible para Dios cuando corresponde a su infinita naturaleza y a su voluntad santa. Ninguna fuerza creada puede impedir el cumplimiento de sus designios. Los hombres pueden resistirse a la gracia mediante el pecado, pero nunca pueden vencer el poder del Creador ni frustrar definitivamente el cumplimiento de su providencia eterna.

La omnipotencia divina constituye un motivo permanente de esperanza para quienes permanecen unidos a Dios. Ninguna dificultad supera su poder, ninguna prueba escapa a su providencia y ninguna circunstancia puede apartar a Dios del cumplimiento de sus promesas. Quienes confían en Él permanecen bajo el cuidado del único Dios verdadero, cuya fuerza sostiene continuamente toda la creación y conduce a los fieles hacia la vida eterna.

Toda criatura debe reconocer que únicamente Dios posee el poder absoluto. Los hombres reciben capacidades limitadas y temporales; Dios posee la plenitud infinita del poder. Toda autoridad creada, toda fuerza y toda perfección participan únicamente de aquello que existe plenamente en Dios, que permanece eternamente soberano sobre cuanto existe en el cielo y en la tierra.

Concluyo, que el poder de Dios constituye una perfección infinita, eterna, simple e inmutable. Toda la creación procede de su omnipotencia, toda criatura permanece por su continua conservación y toda la historia es gobernada conforme a su providencia. El poder divino nunca se separa de su sabiduría, de su justicia, de su misericordia ni de su amor. Dios realiza cuanto corresponde a su naturaleza perfecta y conduce infaliblemente toda la creación hacia el cumplimiento de su designio eterno, manifestando para siempre la gloria del único Dios verdadero, omnipotente y digno de toda adoración.

SANTO TOMÁS DE AQUINO BIENAVENTURANZA REDACCIÓN EN PRIMERA PERSONA.

Dios es perfectamente bienaventurado. En Él existe la plenitud absoluta de todo bien, de toda verdad, de toda sabiduría y de toda perfección. Nada puede añadirse a su gloria ni disminuir su felicidad, porque desde toda la eternidad posee plenamente cuanto corresponde a la naturaleza divina. Su bienaventuranza es infinita, eterna, perfecta e inmutable.

La verdadera bienaventuranza consiste en la posesión plena del Bien supremo. Ninguna criatura puede alcanzar esta plenitud por sí misma, porque todas participan del bien de manera limitada y reciben cuanto poseen del Creador. Dios, por el contrario, no participa del bien recibido de otro, sino que Él mismo es el Bien supremo, del cual proceden todos los bienes que existen en la creación.

La bienaventuranza divina nace de la perfección misma de Dios. Él se conoce perfectamente y contempla eternamente toda la plenitud de su naturaleza. Nada permanece oculto a su inteligencia infinita. Su conocimiento nunca aumenta, nunca disminuye y nunca cambia, porque desde toda la eternidad contempla perfectamente cuanto Él mismo es y cuanto libremente ha querido crear.

El conocimiento perfecto de Dios va inseparablemente unido al amor perfecto.

La bienaventuranza de Dios no depende de la existencia de las criaturas. Antes de la creación del universo, Dios ya era perfectamente bienaventurado. Ninguna obra realizada fuera de Él añade perfección alguna al Creador. La creación manifiesta su infinita bondad, pero no completa aquello que pudiera faltarle, porque en Dios jamás ha existido carencia alguna.

Toda perfección creada participa de la bienaventuranza divina sin poder igualarla jamás. Cuando los hombres contemplan la verdad, practican el bien, viven conforme a la voluntad de Dios y participan de bienes que tienen su origen en Dios. Sin embargo, toda felicidad creada permanece limitada, mientras que la felicidad de Dios es absolutamente infinita y eterna.

El hombre ha sido creado para alcanzar la bienaventuranza. Ningún bien temporal puede satisfacer plenamente el corazón humano. Las riquezas, los honores, el poder, la salud y todos los bienes de este mundo poseen un valor limitado y pasajero. Solamente Dios constituye el Bien supremo capaz de colmar plenamente el deseo más profundo del hombre, porque únicamente Él posee la plenitud absoluta de toda perfección.

La vida eterna constituye la participación en la bienaventuranza que Dios prepara para quienes permanecen fieles a su gracia. Esta participación no significa que la criatura llegue a poseer la naturaleza divina (Padre, Hijo y Espíritu Santo), sino que recibe el don de contemplar eternamente la gloria de Dios y vivir para siempre en perfecta comunión con Él. En esta contemplación alcanza el hombre la felicidad para la cual fue creado.

Toda la historia de la salvación se orienta hacia este fin supremo. Dios llama continuamente a las personas mediante su gracia, las fortalece con su gracia, las conduce por el camino de la santidad y las prepara para la vida eterna. Todo cuanto realiza en favor de sus fieles tiene como finalidad hacerlos partícipes de la bienaventuranza que Él posee desde toda la eternidad.

La Sagrada Escritura anuncia constantemente esta promesa. Dios invita a los hombres a permanecer unidos a Él para participar de la gloria preparada desde el principio del mundo. Los justos contemplarán eternamente a Dios, permanecerán para siempre en su presencia y gozarán de una felicidad que jamás tendrá fin. Ningún sufrimiento, ninguna tristeza y ninguna muerte podrán ya separarlos de Dios.

La bienaventuranza divina manifiesta igualmente la perfección de todas las obras del Creador. Porque todo cuanto realiza responde siempre a su infinita sabiduría, a su justicia, a su misericordia y a su amor. Ninguna obra divina puede apartarse del bien perfecto, porque toda procede de Aquel que posee eternamente la plenitud absoluta de toda perfección.

Toda criatura encuentra finalmente en Dios el término de su existencia. De Él procede toda vida, por Él permanece cuanto existe y hacia Él se dirige toda la creación. En la contemplación de Dios alcanza el hombre el descanso definitivo de su alma, porque únicamente el Bien supremo puede satisfacer plenamente a quien fue creado para participar eternamente de su gloria.

Concluyo, Dios es perfectamente bienaventurado porque posee desde toda la eternidad la plenitud absoluta de todo bien. Se conoce perfectamente, se ama perfectamente y goza eternamente de la infinita perfección de su naturaleza divina. Ninguna criatura puede añadir algo a su felicidad ni disminuir su gloria. Toda bienaventuranza creada procede de Él y encuentra en Él su plenitud definitiva. La vida eterna consiste precisamente en participar, por gracia de Dios, de esta bienaventuranza infinita, contemplando para siempre al único Dios verdadero, cuya bondad, sabiduría, amor y gloria permanecen por los siglos de los siglos.

SANTO TOMÁS DE AQUINO INFOGRAFÍA AMOR - BIENAVENTURANZA.

21_27b_staq
21_27_staq

SANTO TOMÁS DE AQUINO: DICCIONARIO DE TERMINOLOGÍA_2 TOMISTA (LECTURA TEOLÓGICA).

términos_2_staq